Wednesday, May 31, 2006

Revolución pingüina

Es un hecho. Los escolares de Chile se levantaron y no los harán callar así de simple. Al menos no como nos hacían callar cuando estaba en el colegio (¿acaso a pasado tanto tiempo?). Ya no sólo es cuestión de tomarse una calle menor, hacer dibujos caricaturezcos de cuanto ministro o político se les ocurra, escribir pancartas en papel kraft omitiendo toda "C" habida y por haber, o pincharse distintivos en las corbatas con alfileres de $200 la caja. Ahora los escolares se tomaron la cosa en serio: son capaces de movilizar a todos los estudiantes del país, dar ruedas de prensa inteligentemente y sin decir "cachai" ni una sola vez; saben plantear las ideas reflexionadas una y otra vez en reuniones de centros de alumnos y simplemente negarse a seguir con un sistema educacional mediocre.

Yo, ya no soy escolar; pero hoy, por primera en mucho tiempo, me dieron unas ganas enormes de volver a 4to medio y poder decir que formé parte de esta revolución. Afortunadamente, ya no era necesario volver. La PUC (universidad que elegí, entre otras fuertes razones, porque era la única universidad tradicional que me garantizaba tener clases y no estar en paro tres cuartos del año y tener que salir el 24 de diciembre) se fue, por primera vez en más de 20 años, a paro en apoyo de los estudiants secundarios. Era absolutamente increíble: ¿por qué deberíamos nosotros preocuparnos por una PSU gratis (cuando ya la dimos) y en un pase escolar ilimitado? eso era lo que yo me preguntaba cuando se corría el rumor de que la FEUC (federación de estudiantes de la Pontificia Universidad Católica), apoyaba el paro de los pingüinos. Yo ya me había declarado disidente. Lo encontraba una estupidez, y no por ser falta de apoyo, sino porque no entendía cuáles eran las bases bajo las que se estaban haciendo los alegatos.

Hoy, yo estaba decidida a ir a la universidad, estar un rato afuera para hacer acto de presencia y luego ir a clases. Pero cuando salí del metro (bien cercado por los guardias que se veían preparados para un asalto masivo), me dí cuenta que la cosa no iba por ahí. Me dí cuenta que los escolares no luchaban por poder devolverse del carrete en micro, sino que apelaban al sentido común de los políticos para que entendieran que había gente que necesitaba tomar más de una micro/metro para poder llegar a su lugar de estudio (a diferencia de lo que yo creía -se nota que salí de colegio privado y que nunca en mi vida había tenido pase escolar- que, obviamente, no eran los dos viajes diarios). También me dí cuenta que no era un asunto de abolir la jornada escolar completa porque les diera lata ir al colegio, sino porque la promesa que el MINEDUC les (nos) hizo hace 5 años y que tenía como principal herramienta la misma jornada completa, no se ha cumplido.

Y con todas estas revelaciones (en una sola mañana... ¡wow!), me ví a mí misma afuera de Casa Central con el resto de periodismo, apoyando la revolución pingüina. Ni cuenta me dí cuando estaba afuera de la biblioteca nacional, observando lo que algún día estará en los libros de historia; y menos me dí cuenta cuando estaba huyendo de un guanaco por San Antonio, con gas lacrimógeno en la garganta, con los ojos llorosos, la cara ardiendo y de la mano de un tipo que había visto por primera vez hacía veinte minutos. Todo se va al libro de anécdotas. Fui con la idea de ser disidente. Lo viví pensando en que estaría en un evento histórico y que tendría algo intersante que contarle a los nietos. Me fui con la convicción que formé parte de la revolución más grande que ha habido desde los años 70' en Chile.

Felicitaciones pingüinos: Chile los escuchó y está con ustedes. Sólo parece que el gobierno se hace un poco el sordo.

Saturday, May 27, 2006

Lata

Mis viejos se dieron a la fuja, me dejaron de babysitter con mi prima, y se largaron a no sé dónde por el fin de semana.

En estricto rigor, eso sería bueno: yo acostaría a mi hermana chica y luego haría un par de llamadas para luego tener a un para de amigos ebrios en el living de mi casa y así capear el aburrimiento del sábado en la noche en casa. Lamentablemente, y de último momento, mi padre tuvo un arranque de lucidéz y dejó a la Eli (una chica que cuidaba a mi hermana cuando chica) a cargo de nosotras, lo que significa que el carrete en mi casa funó y ya ni siquiera me da la conciencia como para tomar el auto de mamá e irme a alguna parte.

He tratado de distraerme en la casa; después de todo, siempre hay cosas que hacer, ya sea por ocio o para la U. Pensé en leer. Lo hice pero luego me aburrí. Cambié de libro, atribuyéndole el aburrimiento a los múltiples conflictos de medio oriente que me tengo que leer. Me puse a leer a Arthur Miller: craso error. Si en el colegio el señor Miller tenía efecto somnífero, ¿qué me dijo ahora que no iba a ser igual?; ergo, me quedé dormida y me borré del mundo por no sé cuánto tiempo. Cuando me desperté, tuve la esperanza de que hubiese gente en MSN para poder mitigar el aburrimiento: strike 2. Casi no hay gente conectada al aparatito y, para mi desgracia, toda la gente que tengo en MSN está tanto o más aburrida que yo.

Estoy pensando seriamente en ir denuevo a leer y optimizar el tiempo... pero me da lata.
Tal vez sea bueno acostarse en la cama y, para variar un poco (hay cero sentido sarcástico en esa oración), ver TV... pero me da lata. Quedarme aquí tampoco se ve muy prometedor. Cuando se está aburrido, el hablar con más genet aburrida rara vez conforma lo que uno llama un "panorama".

Los hemisferios de mi cerebro luchan por encontrar algo digno de hacer.... o de no hacer. Por mientras, sólo escribo lo primero que se me viene a mi conciente y escucho cómo una argentina en un remoto canal del cable, hace repostería que mataría a cualquier hipertenso o enfermo cardiovascular.

Apelo alguna divinidad por un poco de emoción en mi vida.

Wednesday, May 24, 2006

Pantano vainilla

Y sin entenderlo muy bien, el efecto de las drogas duras fue haciendo efecto en mi debilitado cuerpo. Las risas se volvieron más estridentes, las puertas empezaron a distorsionarse y el suelo se volvía cada vez más blando. Tenía unas enorme ganas de saltar y ponerme eufórico: correr hacia las paredes gritando y golpear mi hombro contra ellas, reirme como todos los que estaban al rededor de la mesa del living y luego gritar por el balcón de aquél antro de Providencia. Pero no podía. El suelo estaba hecho de budín de vainilla y, con cada segundo que pasaba, me hundía más y más. No podía mover ningún miembro y mis ojos estaban como una bandera después de un funeral.

Sentí la voz de la Fernanda que me preguntaba si estaba bien (o al menos eso creo). Su cara distorcionada y llena de risa me miraba hacia abajo, sin importarle que le diera o no una respuesta. La heroína tiene ese efecto en mí: me deja flotante en un piso que me absorve, algo así como una cama de agua; mitiga el dolor del pinchazo en mi antebrazo (siempre he odiado las agujas), calma el stress de la vida diaria, pone una sonrisa en mi cara y una expresión de calma en mis labios.

La Fernanda no se había pinchado. Ella es más sana. Siempre me ha dicho que, si es que se va a meter algo al cuerpo, mejor que sea natural, y por eso prefiere la marihuana. Para mí eso es un chiste. Nada peor que jugar a los escolares rebeldes, creer que estoy haciendo algo malo cuando sólo estoy aspirando un poco de pasto quemado. What a freaking joke. "La heroína también es natural" le dije a la Fernanda "sólo que viene de una planta más bonita que tu mierda de ganja". "Sí" me contestó ella reteniendo el humo "una planta de desechos tóxicos".

La Fernanda seguía mirandome sin poder aguantar la risa. Estaba volada (al menos de eso me pude dar cuenta) y yo la miraba de vuelta, tratando de que el hecho de no poder levantar la cabeza, no me asustara. En verdad no me importaba; ¿por qué me habría de importar una mina volada cuando yo tenía heroína en las venas?.

No hace mucho que empecé con esto. De hecho, creo que no ha pasado ni siquiera un mes desde que Andrés, el pololo de la Feña, me dió a probar mi primer pinchazo. Estabamos en la casa de sus viejos (en La Dehesa; por ahí donde deberían pedirte pasaporte para llegar) luego de una fiesta. Eran como las 4am y él se moría por picarse. La Feña le dijo que no lo hiciera y que fumara con ella. Él ya tenía la jeringa lista y no iba desperdiciarla. Yo siempre había tenido curiosidad por eso. El éxtasis ya no me hacía nada, la marihuana era un chiste y la coca era muy cara (incluso para mí). No iba a perder la oportunidad.

La cara de la Feña se empezó a ver monstruosa. No recuerdo si fue por la distorción de todo o porque cambió de expresión; en verdad no importaba: la Fernanda se había convertido en una bestia y de no ser por el suelo de vainilla, el entumecimiento en las piernas y en toda la espalda, yo habría saltado y corrido por las envejecidas escaleras del edificio. En la escena irrumpió la cara de Andrés, menos monstruosa que la de la Feña, pero cada vez más distorsionada. Acercó su mano a mi cara y, al acercarsela a la suya, ví que tenía sangre. Andrés se volvió tan monstruo como la Feña. Dijo algo que no pude entender (como nada en aquella situación) y los dos se acercaron a mi cara.

Y no recuerdo nada más. Aunque el hecho de que me acuerde de todo eso, ya es un poco sorprendente. Incluso para mí. Hace 3 semanas que estoy en una cama que no es la mía, viendo a gente que no conozco y pasando día y noche en una bata que se ha vuelto mi uniforme. Aquí todo el mundo come chicle, fuma o tiene un hobbie. Yo no. Yo paso los días tratando de saber qué es lo que hago aquí, quién me mandó y por qué no he visto a mi familia o a mis amigos en tanto tiempo. Hay veces en que tengo ganas de picarme, pero no hay dónde encontrar nada aquí. No hay forma de conseguir un poco de heroína, ni siquiera un pito que me haga olvidar que quiero picarme. Y ya no importa. No hay más que hacer. Tal vez cuando salga de aquí me vuelva sano como la Feña... es posible.

Thursday, May 18, 2006

6 sense music

Sin música, yo no podría vivir. No me imagino poder caminar sin una canción en la cabeza o una tonada en los labios. No tendría ninguna razón para ir de saltitos en la calle, ni para agitar la cabeza, rockear frente al espejo o sentirme triste por algún recuerdo. Y es que la música lo extrema todo: los recuerdos alegres los hace extaciantes, los tristes los convierte en recuerdos trágicos y el coqueteo más inocente, lo transforma en la danza más erótica. La música lo hace todo más interesante, mi vida incluída; y ésta, está rodeada de ella y no sólo se escucha: se ve, se toca, se huele, se saborea y, por sobre todo, se siente.

Veo música en los grafittis que hay por las calles, en todos los peatones que llevan audífonos y en la batería se manifiesta en la cadencia de sus pasos, en las chicas góticas que llenan el Eurocentro y en todas las tribus urbanas que recorren Providencia los viernes por la tarde. La voz de Alex Kapranos está en la portada del "You could have it so much better" y no hay nada que sea más explícito que la mujer de la caja musical en la portada del "Songs about Jane" de Maroon 5.

Aunque no lo crean, también se puede tocar: ¿Has tocado alguna vez la parte superior de un CD sintiendo el relieve de su impresión? eso es música táctil.

La música me huele a muchas cosas: huele a cigarro, a sudor, a perfume, a piel, a humo, a marihuana (no mi olor preferido, pero una y otra van de la mano), a cerveza, a noche, a humedad. Nadie dijo que la música oliera bien.

Las notas bailan en tu lengua y hacen sentir algo más que una simple sensación. Para mí, eso tiene un sólo sabor: saliva. Ya sea por un beso o porque canto todo el tiempo, siempre las canciones tienen un dejo de saliva; aunque a veces, ésta puede ser un tanto amarga.

Más que en cualquiera de los casos que se me pudieran ocurrir, el 6to sentido aquí se hace presente. Es verdad que la música puede pasar por todos los sentidos, pero lo importante es que nunca ninguna de estas sensaciones está sola: siempre están todas jugando en el entorno, haciendo de tí una pieza más de esos perfectos momentos; esos momentos en que ya la piel no es el límite, en que te mueves por una inercia más fuerte que cualquier autocontrol y todo sonido externo, se vuelve parte de la melodía que lleva una dictadura en tu cabeza. Eso es sentir la música: bailando en tu estómago, en la piel erizada con el bajo, el viento al ritmo de la nota de un piano, los pies marchando al ritmo de una batería, el pulso a mil con los decibeles y ese inexplicable deseo de mover tu cabeza hasta quedar mareado y ver el mundo de otra forma.

La música, es uno de los grandes placeres de mi vida y, sin duda, sin música y sin esa sensación de éxtasis, no sería lo mismo.

Vivir sin experimentar eso, es como comer sin sal: todo es demasiado insípido para que valga la pena.

Tuesday, May 16, 2006

Sin deudas que cobrar

¿Y qué pasa si es que no tengo nada que decirte; nada que reprocharte, ningún comentario que valga, ni siquiera una leve reflexión acerca de lo que pasó?, ¿qué pasa?, ¿me hundo sola, sin que tengas idea de que mirarte me cuesta una enormidad?, ¿que reconstruir la idea que tenía de tí me es casi imposible, y que no hay cosa que odie más que lo que veo cuando me miras?

Ya no eres el mismo de antes. En algún momento de los últimos días, tus ojos perdieron su brillo y tu boca dejó de hipnotizarme. Ya no te veo desde abajo y con un suspiro, sino que hacia un lado y con un nudo en el estómago.

En verdad, trato de convencerme de que es mentira; de que fue un error; que no eres así... y derepente me lo creo y me digo a mí misma que no importa. Pero ahí estás denuevo y no hay forma de convencerme nuevamente que sigues siendo el mismo.

Creo que espero que me pruebes que estoy equivocada, que me algo que me haga confiar en tí nuevamente y en todo lo que dices...

Hasta ese entonces, sigo con ese puño quitándome el aire y con esa fuerza increíble que no me deja mirarte.

Friday, May 12, 2006

Cambio horas de sueño por una nota

Aunque no lo crean, en el colegio, nunca me quedé más allá de las 11 de la noche estudiando. A mi, verdaderamente, el cerebro se me apagaba y me resignaba a que me fuera como me fuera. Filo con el resto. Nunca estuve dispuesta a transar mis valiosísimas horas de sueño, por aprenderme un par de cosas; y tampoco entendí nunca cómo había gente que se desvelaba y llegaba con ojeras al día siguiente.

Bueno, como era de esperarse, con la universidad, todo eso cambió. Las horas de sueño, junto con el dólar, se desvaloraron, y transar un par de ellas por una ilusión de nota, no es un trato tan malo.

Y eso es lo que me ha pasado esta semana (y también la razón por la cual me he demorado tanto en actualizar el blog): las pruebas monopolizan mi tiempo y, entre llegar tarde de la U y llegar a mi casa a leer, bueno, se me va la mayoría del tiempo y, por qué no decirlo, de las energías.

Echo de menos las primeras dos semanas de universidad, en que no tenía nada que hacer. Era como ir al colegio en un período de marcha blanca, pero mucho mán interesante y sin el uniforme. Eso era vida: ir a clases, tomar un par de apuntes para calmar la conciencia, salir, tomarse un café e ir de aquí para allá con los compañeros hablando de la vida, los chicos de tercer año, las copuchas y los chicos de tercer año. Las pruebas estaban para muchísimo tiempo más, no había que preocuparse. Hasta podía darme el lujo de no leer un día y poder vivir tranquila.
Pero desde que tuve la primera prueba, la reacción en cadena no ha parado desde entonces: te sacas el cacho de una prueba y no hay una semana que puedas tomarte para descansar, porque la próxima también hay prueba y te das cuenta que tienes mucho que leer y que ni siquiera te has conseguido los textos. Y colapsas. Y el café se convierte en tu mejor amigo. Y las horas de sueño ya no te importan.

Lo que me da risa es, que a pesar de todo eso, siempre hay un punto de resignación. Un punto en que te da lo mismo (a pesar de saber que antes de la prueba vas a estar histérico), en que leer o no leer un texto es igual a decidir si quieres helado de vainilla o chocolate, y es ahí cuando apelas a la suerte. Ruegas a Dios porque, cuando dicten las preguntas, no te pregunten sobre ese bendito texto... por favor que no... por favor... mierda.

Y tu semana se convierte en un chiste.

Friday, May 05, 2006

Horóscopo

Te ví por primera vez en 11 de septiembre con Lyon. Esperabas que el semáforo cambiara al otro lado de la calle y las micros hacían volar tu pelo largo. Cuando estemos juntos, no vas a tener el pelo largo: te lo habrás cortado y, tiempo después, me dirás que fue porque, simplemente, te aburrió tener que tomarte tanto tiempo al secarlo por las mañanas.

El semáforo no cambiaba nunca y tú seguías parada ahí, mirando para todos lados. Quién hubiese dicho que eras amiga de la Fran y que, dentro de siete meses más, te conocería en una fiesta. Yo estaré muy borracho, sólo te alcanzaré a saludar y luego me iré a conversar con Álvaro, quien me dará consejos para jotearme a la Coni, que tanto me gustará para entonces. Y no hablaremos más. Yo te serviré un vodka tónica y esa será toda la interacción que haremos.

El hombre verde del semáforo contrario empezaba a pestañear y tú lo mirabas fijamente, como si eso acelerara más el cambio. Yo te miraba embobado, con la película de toda nuestra futura relación pasando fugazmente por mi retina. El semáforo cambió y todo comenzó a pasar en cámara lenta: mirabas al frente y dabas trancos fuertes, como si tuvieras un problema con el suelo y lo trataras de golpear. Yo no sabré de tu carácter fuerte hasta el día en que le mandes la puteada a Álvaro que, en otras de esas fiestas donde la Fran te llevará (esta vez sólo dos semanas después de la anterior), se tratará de tirar encima tuyo y tú le tirarás tu vodka tónica en la cara. Yo, ese día, no estaré borracho y me pondré a conversar contigo por primera vez. Conversaremos toda la noche y luego te excusarás diciendo que tienes clases temprano al otro día. Me darás un beso en la mejilla y te irás.

Seguías caminando hacia a mí sin siquiera mirarme. Afirmabas tu bolso con la mano izquierda y tus pulseras resonaban en la derecha. Tu pelo ya no volaba, pero rebotaba con cada paso. Cuando estabas a unos tres metros de mí, me miraste por una décima de segundo: la misma mirada que me observaría desde el lado izquierdo de la cama, entre sábanas arrugadas y desorden de ropa en el piso. Eso será mucho después de la fiesta en la que hablamos, después de que la Fran se hiciera de rogar no sé cuánto rato para que me diera tu celular, después de que te invitara a salir una tarde de Julio y después del primer beso que me darás a la salida del metro. Pero por un momento, por esa décima de segundo en que me miraste en medio de Lyon, sentí que me despreciabas. Yo sé que no lo hiciste intencionalmente, pues todo el mundo tiene esa mirada cuando camina por la calle (especialmente cuando camina por una tan transitada como 11 de septiembre), pero fue extraño. Y luego desviaste la mirada. No será la primera vez que te vea haciendo eso. Lo harás cuando me digas que la universidad te tiene enferma, que con la Fran ya no se hablan y que lo último que quieres es irte a tu casa. Lo harás cuando me digas que ya no me quieres, que no estás segura de haberme amado alguna vez ni de los ocho meses que llevaremos juntos para ese entonces y que no quieres verme por un buen tiempo. Y yo te miraré dulcemente. Tal como te miré en medio de Lyon y enfrente de ese taxi tan igual a todos los otros.

Ya estábamos a la mitad de la calle y te faltaba sólo un paso para cruzarte conmigo. Miraste a tu derecha y luego rápidamente te volviste hacia la izquiera, haciendo que tu largo pelo me golpeara en la cara. Te diste vuelta instantáneamente, te pusiste una mano en la boca y riendo me pediste perdón. Yo te sonreí con una mano en el ojo que aún me ardía, y te dije que no importaba. La próxima vez que me pidas perdón tan sinceramente no te estarás riendo, sino todo lo contrario. Me mirarás por entre tus dedos y notaré que el rimel hace ríos en tus mejillas. Me explicarás que no quisiste decir nada de aquello, que sí me querías, que sí estabas segura de los ocho meses que habíamos pasado juntos y que querías volver a verme desde el lado izquierdo de la cama como siempre lo hacías. Yo me sentiré agobiado y no sabré qué hacer. Una parte de mí va a querer perdonarte y otra va a querer dejarte ahí llorando. Y es que me encantaría poder perdonarte y volver a abrazarte, pero será demasiado tarde.

Mucho tiempo pasará desde que me miraste fríamente, y otra habrá ocupado tu puesto en mi cama. Para entonces, ya habré conocido a la Ale y después de ella, no habrá ninguna otra mujer en mi vida. Te diré que lo siento, pero que ya no se podrá; que estoy con la Ale y que dejarla no se ve como una opción. Y te pondrás a llorar más fuerte y yo te abrazaré. Estaremos ahí un buen rato, pero después te dejaré con las manos tapándote la cara, y tal como ese día en Lyon con 11 de septiembre, yo me daré vuelta y me iré para no verte, y seguiré caminando hasta llegar adonde se supone que voy.

Lo tuyo será un lindo recuerdo. Un fugáz encuentro entremedio de una calle: tu pelo en mi ojo, tus trancos fuertes... la única mujer en toda mi vida que me despertará la curiosidad por saber dónde está.