Tuesday, December 19, 2006

Operación renuncia

¿Se acuerdan de cuando les conté de mi primera y fallida experiencia laboral, y de cómo la pospuse con el objeto de poder pasar los ramos de la universidad sin tener que tirarme de un 4to piso? Bueno, todo resultó como había estipulado, lo que no significa que sea para mejor. Sin ningún día de descanso entre mi último exámen y mi segundo primer día de trabajo, he estado haciendo de vendedora de ropa por la última semana y media; y sí, es bastante poco, pero lo suficiente como para que esta semana y media se me haya hecho eterna, y más que suficiente como para que quiera tirar todo por la borda.

Han habido varias cosas que me han sorprendido en este primer trabajo. La primera, fue que siempre el primer día es un martirio chino, pero esto es como el deporte: se adquiere trainning, y por ende, resistencia. Mientras pasan los días, menos te duelen los pies y más cosas eres capaz de hacer cuando llegas a tu casa a la noche, lo cual antes era imposible, ya que dormir estaba a la orden del día. Lo segundo, fue que, el primer-primer día, estuve de 10am a 9pm y realmente sentí que moriría. En esta nueva etapa, y gracias al horrible horario de navidad, he tenido que quedarme hasta las 12am y aún no he visto la luz al final del túnel (aunque, si me permiten ser honesta, casi lo hago).

He llegado a la conclusión, de que el trabajo de mall es merecedor a destajo de un monumento, una reverencia y una sacada de sombrero, porque es increíble todo lo que se trabaja y lo poco que te pagan. En verdad, yo no debería quejarme, ya que es un trabajo corto (que termino el sábado) y no llevo mucho tiempo en esto, pero realmente me tiene lo que se dice CHATA. Me siento pésimo por eso, porque ha sido poco tiempo y lo hago porque quiero juntar plata para MIS vacaciones y para MI carrete, etc etc; es complicado empezar a pensar en la gente que lo hace porque tiene que hacerlo o que lo hace sin disfrutar ninguno de los frutos del dolor de pies (más que los callos, evidentemente).

Anyway, obviando reflexiones y frustraciones que me ha brindado esta nueva experiencia, les cuento que no soy la única a quien la palabra "cesantía" le resulta interesante. Mis amiguis de la pega (me siento tan vieja poniendo las cosas así), son el guardia de seguridad, un metalero que se viste de chaqueta y corbata, y que tuvo que renunciar a su pelo largo y a sus bototos por un par de lucas; y otra de las partime, quien tiene un año más que yo, un aro en la nariz y experiencia previa en la tienda. Los tres tratamos de rehuir un poco a lo serios que se supone que tenemos que ser, y derepente nos ponemos a conversar. En una de esas conversaciones, surgió la operación renuncia. Nos dimos cuenta que, a pesar de que ninguno de los tres lo mencionaba, cada uno estaba más aburrido con la pega que el anterior, y todos estabamos al borde de tirar la toalla sin importar lo que eso significara. Mientras mi compañera me contaba que le quedaba poco pero que quería mandar todo a la cresta, el guardia me contaba que esperaría hasta después de año nuevo para dejar a la tienda en el olvido. Decidimos que nos quedaríamos lo que teníamos estipulado desde el principio, sólo por orgullo y por no darle la satisfacción a esa horrible tienda de habernos ganado la batalla.

Y en eso estamos. Tratando de hacer las cosas un poco más agradables con el objeto de sobrevivir y hacer al reloj correr más rápido. Yo soy la primera en irme. Mi compañera se queda hasta el 31 y el guardia hasta el 6 de enero. Me saco el sombrero ante ellos, ya que yo no podría tanto. Lo que es por mi persona, el sábado tomaré mi cheque y no volveré a esa tienda nunca más; ni a comprar ni a trabajar. Digamos que como primer trabajo, está bien. Hay que empezar de abajo, dicen por ahí. Sólo esperemos que haya un escalón más alto el próximo diciembre.

PS: Con este post cumplo los 400 posts del blog. Es algo así como un aniversario... ¡quién lo hubiese pensado!

PS1: Damos la bienvenida a Blogger Beta... ¡Viva la tecnología!

Wednesday, December 06, 2006

Gente y lugares comunes

Me deprime un poco esto de que Santiago se me haya convertido en un dedal. Y es que hay veces en que un par de cientos de kilómetros, sólo se reducen al porte de una sala de cien metros cuadrados, donde estás parado, con un trago en la mano, en medio de una fiesta con todos tus amigos y conocidos. Y no, no es del todo agradable. Cuando salí del colegio, ingenuamente pensé que, pasara lo que pasara, no perdería el contacto; es decir, que a pesar de no estar llamando a mis compañeros todas las semanas para saber cómo están (tarea de locos si se considera que salimos doscientos por generación), si me los encontraba en la calle los saludaría, y aunque fuera de manera forzada, les preguntaría qué es de sus vidas. Las cosas, ahora que estoy afuera, distan años luz de lo que pensé en cuarto medio.

Estos últimos meses, he tenido el agrado/desagrado de encontrarme con aquellos compañeros: esos con los cuales reí en un asado de generación, esos con los cuales estuve desde que usaba un delantal que ahora no le cabe ni siquiera a mi hermana chica, aquellos con los que tengo fotos de cuando apenas medíamos un metro y esos que rogué al cielo, nunca más ver en mi vida. Todas las veces, la cosa ha sido incómoda. No hay que ser un genio para saber cuando alguien ha notado tu presencia o no, pero en estos casos, sólo se espera hasta el momento cuando la cosa ya es rotundamente inevitable, para soltar ese "hola" que antes sonaba tan familiar y que ahora se parece más a un deber moral impuesto por el Manual de Carreño. Y es que no hay una "obligación" de saludar hasta que hay un contacto visual. Antes de eso, la cosa es casual. Y no importa si saludas o no, la cosa siempre se reduce al tú estás ahí, yo estoy aquí, pero seamos realistas: tuvimos un leit motiv común alguna vez, pero eso está long gone, dear.

No, no digamos que me molesta. Es simplemente que me da pena. Hoy, por ejemplo, en un semáforo noté que había un señor al lado mío; un señor como cualquier transeúnte que valora un poco su vida y tiene dos dedos de frente para saber que saltar a la calle cuando hay autos pasando, no es una buena idea. Derepente lo miré, y me dí cuenta de que yo lo conocía. No sólo sabía quién era, cómo se llamaba, en qué trabaja y dónde vivía, sino que también conocía a todos sus hijos, había pasado tardes en su casa, en aquellos tiempos en que usaba una falda escocesa, y él había hablado largamente con mis padres. Era un miércoles por la mañana y yo estaba parada al lado del papá de quien solía ser mi mejor amigo de toda la vida; de quien juré nunca separarme y con quien juramos nuestras vidas serían un chiste, una cadena de coincidencias que nos unirían de aquí al día del armagedón. Pero daba lo mismo; hubo muchas promesas hechas y rotas por ambos. Y su papá estaba ahí, yo era otra y él seguramente no me recordaba. Nada que hacerle.

El otro día, con la costanera de por medio, creí ver a una chica que estaba en mi generación. Era hermana de un buen amigo de mi hermano, por lo que se asumía que nos llevaríamos bien. Nunca hablamos más de cuatro frases contínuas. Nunca nos caímos bien. Y yo que pensé que aquél día en la graduación iba a ser el último día que la vería en toda mi vida; ¿por qué tenía que encontrarme con ella ahora? la verdad, es que la cosa no importaba, era sólo una coincidencia (porque ella tampoco se veía muy feliz de verme), pero son esas coincidencias que te ponen un poco idiota y te demuestran que, el que Santiago sea chico, también tiene sus contras.

Y nada. Comienzo a pensar que tendré que cambiar de entorno o por lo menos de trayectoría hacia el metro. En una de esas eso sea lo que resuelva todos mis problemas, pero sinceramente no lo creo. El punto no es que uno conozca a mucha gente, sino que tiene la suficiente mala suerte como para encontrarse con aquellas personas con las cuales uno no quiere encontrarse, por sobre aquellas a las cuales es un agrado ver derepente.

El mundo es chico. Santiago más aún. ¿en qué momento se habrá condensado todo?