Saturday, March 31, 2007

Maldito Otoño

Nunca pensé que diría esto, pero creo que soy de aquellas personas que cambian su ánimo según el clima; algo así como esos anillos que cambiaban de color según la temperatura corporal. Hace un par de años, yo clamaba a los siete vientos que la época de otoño/invierno era, sin dudar mi favorita. Y es que para las minas todo es más fácil: los antojos de cosas dulces se justifican con el frío, el rollito regalón se tapa con esa parka que no haría ninguna diferencia entre una Pampita y una Katherine Orellana, los pantalones nos evitan la tortura depilatoria, etc, etc. Era ideal, y yo no sé por qué, cambié todo eso por la época estival. Ahora, lo del calentamiento global que tiene a Al Gore con los pelos de punta, me venía buenísimo: verano interminable hasta nuevo aviso. Y bueno, el aviso fue el lunes.

De la nada, los días de calor se acabaron; ponerse falda ya no era la opción, salir sin polerón o una chaqueta era suicidio y las hawaiianas se empezaron a esconder en el rincón más oscuro del clóset. Sí señores, el otoño está aquí y llegó para quedarse. ¿Y yo? yo nada... ando aletargada, con más sueño de lo normal (lo que significa que un oso hibernando duerme menos que yo), con hambre y a eso de las 5:30pm, tengo que ponerme algo encima porque el frío me supera. Ya no me gusta el otoño/invierno. Ni siquiera por la ropa, ni por las comodidades, ni nada.

Y yo no entiendo porque ando así sólo por el clima. Una vez me dijeron que los ciclos lunares afectan a las personas, y por una razón que igual se puede comprar. El principio es básicamente que la luna afecta el campo gravitatorio de la tierra, lo que afecta las mareas (el agua en general; y eso es un hecho científico), y por ser nosotros humanos un ¿70, 60%? agua, también podría afectarnos de una forma u otra. Igual me la compro. Hasta cierto punto. Por lo menos es más creíble que el horósocopo; pero ¿que nos afecte el clima? de eso no he escuchado ninguna teoría científica ni nada que lo avale, así que me quedo sólo con la impresión que me dejan los días feos y con lluvia. ¡Y es que son desagradables! nadie dice que tienen que haber 30ºC para que un día sea bueno (tampoco tengo una inmensa tolerancia al calor), pero ya extraño los días en que no tenía que andar con parka, bufanda y un paraguas en la mochila, sólo por si acaso.

En resumen: QUIERO SOL. La lluvia me tiene idiota y muy atontada (bueno, sólo la lluvia de facto; no la otra).

He dicho.

Sunday, March 25, 2007

Me memearon

Me mandaron un meme de nuevo. Este tiene otra tónica que el contesté la otra vez (que en verdad, no era tan entretenido) y apunta a confesar 6 cosas. Ahora, ¿las 6 peores; las 6 mejores? no sé... eso queda al gusto del consumidor. Yo opto por las primeras seis que se me vienen a la cabeza.

1.- Tengo TOC por las calorías: Para los que no saben, la sigla TOC se refiere a un Trastorno Obsesivo Compulsivo, que es justamente lo que tengo por la comida y las calorías. Soy del tipo de persona que tiene identificados a todas las comidas que me harían subir la talla de pantalón, que contrasta lo que comió al principio del día con lo que come después para ver en qué cantidad se puede comer o si se puede comer del todo. Con decir que sé cuántas calorías tiene cada sabor de Cereal Bar (el snack sub100 en calorías por excelencia) y obviamente cuál es el menos nocivo cuando de engordar se trata.

2.- Tengo TOC por la ropa: En jerga cotidiana, yo me califico como una persona trapera. Dios me ilumina con un milagro de multiplicación del espacio cada vez que ordeno mi clóset, y eso se extiende también para el área de los zapatos. En ese aspecto, soy toda una versión sudaca de Carrie Bradshaw, sólo que con harto menos presupuesto y con una debilidad intrínseca por las zapatillas (el conteo de pares de zapatillas para salir va en 9 y contando... no... 11) y bolsos/carteras/mochilas, etc. En jeans también tengo un conteo del cual me siento bastante orgullosa (8 pares, todos distintos y sin contar pescadores y esas cosas) y bueno, las infinitas poleras... etc! lo peor de todo el asunto, es que siempre me estoy comprando más ropa y siempre siento que hay algo más que necesito para completa el outfit. Es un círculo vicioso que va de la mano con el consumismo empedernido, pero yo no me quejo; de hecho, lo disfruto muchísimo.

3.- Soy terriblemente melosa: Esto se supone que es normal en las minas, pero yo creo que me sobrepaso. Soy LO melosa: cursi para mis frases, para las canciones que escucho derepente (¡cebooooooosha!), las películas, etc. En esta última categoría, es donde pongo énfasis. Rayo papa con "The notebook", "Shakespeare in love", "Notting Hill" y todas las comedias románticas que se les puedan ocurrir. Peor es cuando me pongo a escribir cuentos; siempre tiene que haber un tilde romántico, un final con beso y todo el rollo. No sé si eso me provoca orgullo o vergüenza, pero es no más.

4.- Soy una control freak a la potencia: Esta es uan faceta que me provoca orgullo a veces, pero que mucha gente critica. Me gusta tener un cierto control sobre las cosas que pasan; especialmente cuando hay trabajos en grupo y cosas por el estilo. Siempre me pongo la banda de lider y comienzo a pedir rendiciones de cuentas de la gente. Me toca editar trabajos, ordenarlos y todo el cuento. Nunca porque me dejen esa tarea así como así, sino porque yo tomo esa tarea asegurandome que nadie más lo haga. Derepente he tenido la oportunidad de compartir el poder, pero hay pocas personas con las que puedo hacer eso. Anyway, el punto es que si hay un punto donde no tengo nada control, empiezo a colapsar. Inevitable. Parte del ADN.

5.- Juzgo a la gente por la vista: A uno siempre le dicen que las primeras impresiones, son las más importantes. Y para mí eso es más que cierto. Yo hago dos juicios con la gente: un juicio visual y otro cuando ya voy conociendo a la persona. El punto es que el primer juicio, puede llegar a ser lapidario con respecto al segundo. Veo todo: desde cómo se viste, qué es lo consume, cómo se mueve, costumbres, etc, etc. Siendo lo trapera que soy (remítase a la confesión número 2), el cómo se viste una persona puede que le haga las cosas más fáciles cuando se relacione conmigo, como puede que sea un obstáculo no muy fácil de salvar. Cuando se trata de hombres, remarco lo de la ropa y me enfoco especialmente en las zapatillas. Es un fetiche enorme. Tendría que escribir un post entero para poder desenredar el asunto.

6.- Soy obsesiva por la hora: Debo decir que tengo un problema con la hora. Me revienta sobremanera la gente inpuntual, siempre estoy mirando el reloj (el celular desde que la pila de mi fiel Timex murió) y cuando me dicen que esté a cierta hora en un lugar, siempre trato de llegar unos 5 ó 10 minutos antes. Eso es lo peor, porque mezclando esa obsesión por llegar antes, con la obsesión que tiene la gente de llegar tarde a todos lados, me quedo con el resultado de que siempre tengo que esperar. Es pésimo, pero es lo que hay.

Ahora se supone que tengo que pasar el meme... uhm....

The chosen are:

Friday, March 23, 2007

Psicóloga sin licencia

El otro día, hablaba con alguien sobre cómo he pasado gran parte de mi tiempo analizando el tema de las relaciones amorosas, los hombres y todo lo que estos dos factores conllevan. Yo le he dado vueltas por variadas razones. La primera de ellas, es porque es un tema que realmente me llama la atención. La segunda, es porque es un tema muy desconocido para mí (ahora no tanto, pero no estamos tan avanzados en el asunto). La tercera es porque tengo una especie de demanda por parte de la gente que me rodea.

Por alguna extraña razón, la gente me ve a mí y encuentra algo que a mí me gusta pensar que es comodidad. Tengo roles recurrentes como paño de lágrimas, consejera matrimonial, psicóloga y algunas veces hasta de farmacéutica. Lo más extraño, es que no entiendo por qué. Si yo tuviera que preguntarle a alguien por un problema relacionado a relaciones con el sexo opuesto, lo más probable es que recurriría a aquella amiga que me de más confianza y que además cuente con una experiencia, no vasta, pero por lo menos pseudo significativa al respecto; alguien que haya estado en la trinchera, que ya venga de vuelta, me mire y me diga "¡Ah! eso es fácil; déjate de huevear". Es como lo más lógico, ¿no? Pero bueno, heme aquí: la consejera personal de mis amigos y no tengo ningún título que me avale como tal. Me han preguntado de todo y la gran mayoría de esos temas, son temas que los conozco sólo en teoría. Y es que uno siempre sabe algo, lo malo es que hay una diferencia enorme entre la sabiduría teoríca y la sabiduría práctica. La más importante es esta última y justamente la que carezco.

La pregunta entonces sigue: ¿qué tengo en la cara que le hace creer a la gente que soy capaz de arreglarles la vida; o por lo menos esclarecerles un poco el panorama? Yo no me considero una persona que tenga las cosas claras; no voy a decir en la vida, porque no creo que nadie tenga las cosas claras en un espectro tan macro; pero sí digo que la mayoría de las cosas, para mí, conforman una incertidumbre enorme. ¿Le pedirían uds. que un psicólogo los atienda, sabiendo que este psicólogo ya va recurrentemente a otro psicólogo? O peor aún, ¿le pedirían consejos a alguien que no tiene más conocimientos que aquellos que ha adquirido por los conocimientos de terceros y por lo que le provee la TV gringa? Yo puedo responder esa pregunta: ¡YO NO LO HARÍA!

La verdad es que tal vez pueda que haya algo. Puede que tenga esa cara de abuelita que diga "sí, yo te comprendo" y que la gente sólo necesite ser un poco escuchada con la eventual interrumción del "pucha, qué lata". Y sí; puede ser que tenga como una sabiduría intrínseca (algunas personas la tienen) y que no necesite tanto de una vasta experiencia para poder decir cosas mínimamente (porfavor, nótese el "mínimamente") coherentes. Pero el punto es que yo no lo veo así, y esta facultad de psicóloga sin lincencia, es algo que simplemente no entiendo. Mas, no por entenderlo desprecio el rol que me entregan derepente mis amigos. De hecho, disfruto que se sienten al lado y diserten sobre el problema de turno. No digamos que me sube el ego, pero me hace sentir que soy importante para ellos, lo cual nunca es despreciable.

Por el momento, yo me quedo con mi consulta de psicóloga chanta. Atiendo por MSN, en la universidad, en el metro, por teléfono e incluso a altas horas de la noche cuando es necesario. Derepente incluso hago visitas a domicilio, cuando la urgencia lo amerita. Y ahora que lo pienso, eso es lo que debe hacer un amigo. Y lo hago con gusto.

¿Quién diría que esto de tener amigos conlleva, automáticamente, un título universitario chanta e imaginario?

Sunday, March 18, 2007

Adorable frente de mal tiempo

Ya habíamos perdido la cuenta de todo el tiempo que estuvimos esperando. Estabamos sentados ahí, solos un amigo y yo, esperando que algo pasara. Mirabamos al cielo, pero sólo se veía el sol radiente; ni rastro de nubes blancas y menos aún de esas nubes negras de lluvia. Empecé a jugar con mis botas de hule, con mi paraguas (de esos que tienen ojos arriba cuando los abres) y comencé a sentir la gota de sudor que bajó desde mi sién y hasta mi mejilla izquierda. Era una escena extraña: nunca ha sido normal ver a un par de chicos en impermeables amarillos y gorros de agua, paraguas y botas, sentados en una pandereta en medio de una ola de calor y sequía.

Todo parecía absurdo. El resto de los niños corrían en sus trajes de baño, todos con motivos de flores hawaiianas, tirándose agua, sumergiéndose en piscinas inflables y sacando la mangera de la casa para capear un poco el calor. ¿Por qué insistíamos en esperar el quiebre de la sequía con el paraguas en mano, cuando todo parecía decir que el sol y el calor seguirían? Miré a mi amigo con impaciencia, para saber si él estaba pensando lo mismo que yo. No. No parecía estar pensando en nada más que en la lluvia que no caía. A ratos levantaba la vista y se encontraba con esos rayos solares que lo obligaban a fruncir el ceño.

Sin decirle nada, me bajé de la pandereta. Él me miró extrañado, como si lo hubiese abandonado justo en el momento en que una nube de lluvia se asomaba en el horizonte. Yo lo miré resignada, me saqué mi gorro de lluvia, boté mi paraguas con cara de rana y entré corriendo a mi casa. Salí un par de minutos después, esta vez con mi traje de baño color ciruela; ése con vuelos a los lados. A lo lejos, divisé a mis amigas, que jugaban a tirarse agua con pistolas de juguete. Mientras corría hacia ellas, algo pasó. Frené en seco. Mis pupilas se contrajeron, mis dedos se estiraron y mi pelo largo empezó a oscilar con la brisa. Era una gota: una gota había caído en mi nariz, a la altura de mis ojos y ahora se deslizaba hasta la punta sin ninguna oposición. Y la gota me habló. La gota me miró y me preguntó si quería bailar. Miré al cielo y vi que el sol se encondía entre espesas nubes de lluvia. Miré a la gota de vuelta, y le dije que sí. En ese momento, las gotas corrieron por mi pelo largo, por mis brazos y mis piernas desnudas, por los vuelos de ese traje de baño color ciruela y todo rincón de mi cuerpo que se levantaba sincronizadamente en un escalofrío.

Desde ese momento, y sin saber cómo, en mi calendario es julio. La lluvia no ha parado, los niños ya no salen vestidos en telas de patrones hawaiianos, sino que envueltos en gruesos abrigos y cubiertos con esos paraguas con ojos de rana. La sequía se fue. La ola de calor también. Todo indica que el invierno es una de mis épocas favoritas del año.

Y nunca me imaginé que para que lloviera, tenía que olvidarme de mirar el cielo despejado con un paraguas en la mano.

Wednesday, March 14, 2007

Horror vacui

Un detalle por el que hay que empezar, es que no somos amigos. Es decir, no es que seamos enemigos ni nada por el estilo, sino que nuestra relación se limita al "nos caemos bien". O por lo menos eso es lo que creo, ya que últimamente, he puesto esto último en duda. No porque haya comenzado a tener mis reservas con él, sino porque creo que él ha estado cultivando sus reservas conmigo. Y bueno, él es de esas personas que no se leen muy facilmente, y es por esta misma razón que no sabría decir si es que le caigo mal, mi existencia le es indiferente o todo lo contrario. Creo que fue eso lo que se sintió raro cuando nos quedamos solos. Cuando hay más gente alrededor, no hay problemas: siempre hay alguien más a quien mirar; pero cuando estás con una persona como él y no hay nadie más, la cosa se vuelve un tanto más complicada. Podría empezar en el porqué de irme con él en el metro. Explicar por qué decidí compartir una instancia tan vulnerable como el metro para irme con él (porque en el metro uno es totalmente suceptible a que te pregunten cosas, ya sea por el cansancio que llevas en la mochila o la sensación de asfixia que hay en esos túneles; uno tiende a contar más cosas de las que es debido), pero no llegaría a ninguna parte, ya que yo no decidí nada. Digamos que quedamos solos no más. Punto.

Mientras íbamos caminando, comencé a sacar el repertorio de "101 preguntas para evitar a toda costa un silencio incómodo". Le pregunté sobre la vida, sobre cómo iban las clases, qué había hecho en el verano y toda esa sarta de estupideces que no me interesaban en lo más mínimo. A todas mis preguntas, él contestaba bien, pero sin dar ese pie para que yo me auto respondiera la pregunta hecha. A él le interesaba menos que a mí toda esa sarta de idioteces, pero la diferencia, es que él lo hacía notar. Derepente, y entrando al metro, me di cuenta que ya no me quedaban más tarjetas de preguntas en la mano y estabamos en esa recta final de toda conversación casual. "Piensa", me dije mientras trataba de acordarme de algo de las escasas conversaciones que hemos tenido, obligándome a encontrar un lugar en común sobre el cual crear un mínimo de intercambio comunicacional de estilo humano. Saqué mi última pregunta. Denuevo me la contestó secamente: una respuesta corta, precisa y más que concisa; totalmente inútil para los efectos de una conversación sin vuelta. Y me di por vencida. El silencio incómodo era inminente, no importaba cuántas preguntas inventara o cuántos comentarios superfluos se me ocurrieran en el trayecto desde San Joaquín a Baquedano. Nos quedamos parados, esperando a que las estaciones pasaran. No nos mirabamos. Nadie podría siquiera haber inferido que nos conocíamos y que "veníamos juntos", y así se sentía también, pero por alguna extraña razón, fue todo menos incómodo. Los dos nos habíamos dado por vencidos: yo, porque ya no podía seguir inventando excusas para gastar mi saliva y él, bueno, quién sabe cuáles habrán sido sus razones... o la falta de ellas.

Íbamos por Santa Isabel y él abrió su mochila; sacó ese Ipod que tanto le envidio y se puso a escuchar música, dejándo un audífono colgando al lado. Asumo que fue un gesto de caballerosidad; su propia manera de hacerme saber que estaba presto a escuchar otra de mis preguntas, que estaba dispuesto a que yo siguiera intentando hablarle. Lo encontré tierno. Más aún cuando me di cuenta, definitivamente, que yo no le hablaría. Cuando nos bajamos en Baquedano, todo se prestaba para cada uno se fuera por su lado. Tal vez él saldría por otra de las salidas hacia la combinación o subiría otra de las escaleras para ir al andén. No me habría sorprendido. Pero "seguíamos juntos" y él se daba vuelta para ver si seguía a su lado. Denuevo no nos dijimos nada. Entramos al nuevo tren y las estaciones comenzaron a pasar denuevo: Salvador, Manuel Montt, Pedro de Valdivia. Por fin, él articuló palabra: "¿Dónde te bajas?", me preguntó. "Aquí", le dije de la misma forma en que él me había contestado antes. Le dí un beso en la mejilla y me despedí diciéndole "Fue un gusto conversar contigo".

No sabría decirlo, pero parece que nunca notó el dejo de sarcasmo en esa última frase.

Wednesday, March 07, 2007

Back to where we started

Y ya. Sí, se me acabaron las vacaciones y un nuevo año de vida universitaria se me viene encima como mi propio fauno. Hoy, tuve que cortar esa bendita costumbre de considerar las 12pm una buena hora para despertarse y tuve que enfrentarme al sueño matutino y al apuro propio del mes de marzo. Cuando iba por Los Conquistadores (recién en la mitad de mi desayuno que, sí, me fui comiendo mientras caminaba hacia el metro), empecé a pensar en todas las costumbres adquiridas en el verano y que tendré que dejar de lado por el bien de la escasa sanidad mental. Ya no podré disfrutar de los realities de trasnoche de VH1 y nunca podré saber quién gana "The Surreal life fame games", o cómo terminó la carrera de automovilista del hijo de Hulk Hogan. No es que me quite el sueño sobremanera, pero no digamos que es algo que no me preoduce un mínimo de curiosidad (ver tele de trasnoche puede ser muy nocivo para la salud).

Atrás quedaron los días donde lo más importante era captar en qué dirección quemaba el sol y ponerte algo de crema para no morirte de una insolación. No pasará mucho cuando ya no sepa lo que son los días de ocio o las encerradas voluntarias en la casa. No. Ahora tendré que, irremediablemente, hacerle frente al Transantiago y empezar a caminar lo que me negué a caminar en todo el verano. Olvídemonos por favor de los maratones de "El Padrino" y las repeticiones de "Grey's anatomy" a las 3am. Dejemos en el pasado las salidas a tirarse al pasto a conversar y las noches riéndose con la programación de FX. Yo me pregunto dónde quedó mi verano y en qué momento pasamos de enero a febrero y de febrero a marzo.

Y nada. No será el primer ni el último año en que tenga que sufrir el inminente choque con la U que, una vez dentro, se hace de todo menos desagradable. Identificar a los compañeros en medio del patio y oír ese chillido estilo "gaia" de tu garganta, no tiene precio. Y es que cuando entras, es como que te dieran una cuponera con vales por momentos aneuronales por cada encuentro con alguien. Se te permite chillar, correr y hasta saltar por el medio del patio; todo depende de cuánta personalidad tengas, cuánto tiempo hayas estado sin ver a la persona en cuestión, o cuánta chela hayas comprado en el asado de la facultad de al lado. Porque eso es lo bueno de la vuelta a la universidad: los asados de bienvenida (múltiples si se considera que no sólo se va al de tu facultad o al de tu universidad. Si sacamos la cuenta es MUCHO carrete y más copete aún), las fiestas novatas (o mechonas; queda a gusto del consumidor) y los siempre bien ponderados paseos a la playa. Con cosas así, realmente empieza a importar poco todo lo que dejaste atrás en tu vida estival. El marzo universitario es, sencillamente, el mejor marzo que hay. El desafío, es poder pasar a abril sin una gran laguna mental del porte de 31 días y con olor a piscola.

Friday, March 02, 2007

Sin daños a terceros

Llevo más de dos semanas sin actualizar el blog y eso me tiene un poco preocupada. No tanto por el hecho de que no me hayan pasado cosas desde la última vez que escribí algo, sino que no pueda escribir sobre ellas por algún motivo.

Y es que me encantaría escribir de todas las cosas que me pasan, o por lo menos los grandes eventos (cosas dignas de ser contadas y analizadas) de los últimos meses, que no son pocos tampoco; pero siempre está el factor del tercero. Lamentablemente, las aventuras no se viven sola; al menos no todas, y para contar la extraordinaria aventura, es preciso involucrar nombres o por lo menos características bastante reconocibles de gente a mi alrededor. Este es otro de los contra de tener a tu entorno leyendo tu blog: que lo más probable, es que no puedas escribir tan detalladamente sobre ellos como te gustaría.

Mi mejor amigo me dijo que lo hiciera, pero en algún formato en que no hubiera vinculación alguna a ningún nombre. Me sugirió que me hiciera un blog anónimo y lo utilizara para ventilar todo acerca de mi y la gente involucrada en mis andanzas. Por un momento, encontré que era una muy buena idea. No habría nadie (a excepción de él) que supiera de esto, no se podrían vincular los escritos ni a mí ni a mis amigos. Todo bien... pero deseché la idea. Una de las razones, es porque a pesar de que el anonimato es una muy buena arma cuando se trata de escribir ciertas cosas (artículos polémicos o qué sé yo), yo no soy muy partidaria de ello. Creo que poder enfrentar a tus lectores y ser capaz de tomar responsabilidad por lo escrito, no sólo es lo correcto, sino también un deber de quien escribe. Siempre lo he hecho así; nunca he tenido miedo por alguna represalia en contra de algo escrito por mí. Es verdad que yo no tengo absolutamente nada que temer, pero entienden a donde quiero llegar. Junto con ése argumento, está el hecho de que, en el momento en que yo me haga otro blog personal (ya sea en el anonimato o en lo público), es obvio que va a haber mucha menos atención hacia éste espacio. Es el típico síndrome del juguete nuevo que nos bajaba a todos los días de navidad: nadie jugaba con un juguete entregado previamente al 24 de diciembre (25 en el caso de algunos), siempre la atención se iba a aquél juguete que acababas de sacar de su envase. Y bueno, creo que después no hay nada de malo con eso. Un blog es un blog, ¿verdad? no tiene mayor valor que el de un espacio de internet entregado gratuitamente por un servidor que saca plata no sé de dónde. Para mí, en lo personal, este blog es muchísimo más que eso. Estoy pronta a cumplir tres años desahogándome, manifestándome y rayando tuberculos aquí; el factor emocional en este caso no es menor.

Fue así como deseché la idea de crear otro blog. Ahora, aún tengo la duda de qué hacer para poder escribir las cosas que quiero escribir y, al mismo tiempo, ahorrarle potenciales daños a terceros relacionados a mí. Digamos que la autocensura, por el momento es algo inevitable, pero creo que no es un problema sin solución. Supongo que el día en que pueda ver bien cómo hacerlo, publicaré varios episodios que son... bueno, episodios grandes, o por lo menos divertidos.

Por el momento, me quedo con esta duda y con esa molestia que llega cuando se acaba febrero: el hecho de que sabes que tus días de ocio están más que contados. El miércoles entro denuevo a la U y dejaré oficialmente el cargo de "novata 2006". Una lástima, considerando que lo pasé tan bien el año pasado, pero es lo que hay no más. Inevitable... ¿no?