Sunday, July 29, 2007

Emotionally attached to a corpse

¿Y para qué conservar una planta con las hojas secas? supongo que tiene tanto caso como tratar de resucitar a alguien que ya ha sido declarado muerto. Pero me da la impresión de que uno hace este tipo de cosas sólo por temor a soltar el hilo con aquellos buenos tiempos que algún día viviste; algo así como evitar quitar las decoraciones navideñas a pesar de estar en febrero. Y tal vez eso tenga más sentido... pero ¿una planta muerta? no combina con nada. Créanme, intenté hacerla combinar con los nuevos muebles de mi casa, con ese vestido de verano que me compré a mitad de precio un día de lluvia, con mis pinches de mariposa, pero no había caso.

Lo gracioso, es que ni siquiera la regaba. Podrían llamarme loca si es que hubiese atendido a esa planta muerta como si aún utilizara el escaso sol de mi ventana para vivir, pero no fue así. Sólo estaba ahí, y por más que veía el día en que tuviera que tirarla a la basura, simplemente no podía. Sin embargo, luego de unos golpes en la boca del estómago, me dí cuenta de que era hora de hacerlo: cortar el hilo, tirar la planta, cambiar de página, mirar al frente, botar las piedras de la mochila... ¡Y qué pena hacerlo! No obstante, realmente no sé qué es peor: tirar ese cadáver a la basura o saber que ya había asumido su ausencia antes de tirarla de hecho al tarro que yace bajo el lavaplatos.

Las limpiezas nunca han sido mi fuerte: soy sentimental y hay ciertas cosas a las que le tengo un apego emocional por la cantidad de buenos momentos que me hacen recordar. Sin embargo, aún siguen siendo de esas cosas que nunca ves, que nunca pescas, que no usas, que ocupan espacio, y el botarlas eventualmente, es inevitable: ya sea en esta limpieza o en la próxima.

Ayer hice una limpieza. Ayer tomé cosas de mis cajones, las metí en una bolsa negra, de esas que apestan al abrirlas, y luego lo tiré todo en el gran tacho de basura color beige que está en el patio de atrás. Ayer boté la planta que por tanto tiempo había agonizado y que poco después, terminó por expirar. Ayer, más de una lágrima corrió el rimmel de mis pestañas. Y aún no sé qué es lo que sientoal respecto, mas si tuviera que resumirlo, creo que sería algo parecido a un trago amargo, con vastas porciones de pena, rabia, frustración y mucha culpa.

Thursday, July 26, 2007

Dudas triviales

No es que sea el momento apropiado para decirlo, pero ya no sé qué cresta es lo que estoy haciendo. Y no, no es que me cuestione mi vida entera ni nada por el estilo, después de todo, tan mal no estoy; sin embargo, hay un tema bastante importante que hace un par de semanas me tiene un tanto intranquila.

Digamos que yo nunca he tenido la certeza de qué es lo que quiero hacer, ni nunca tuve o he tenido mi vocación en claro. Creo que ya es materia conocida por el mundo, de que en algún momento de mi vida sí creía saber qué hacer y que según ese plan, yo iba a estar a estas alturas haciendo maquetas y tratando de convencer a los de la librería Nacional de abrir una tienda 24hrs. Pero bueno, tan conocido como es eso, también es el hecho de que eso se fue por el water en tercero medio y desde entonces he sido el monigote de mis amigos y familiares que me tiran de un lado a otro según lo que ellos creen va más acorde a mis capacidades... y las siempre bien ponderadas potencialidades monetarias.

Recuerdo claramente estar vestida de uniforme en medio de mis dos mejores amigos (posición que he adoptado más de alguna vez y casi siempre en alguna situación más que conflictiva), mientras trataba de mirar al sol fijamente y ponía todos mis esfuerzos en abstraerme de la escena. De fondo, se escuchaban los argumentos de mi mejor amiga, quien disertaba a una audiencia de dos personas sobre porqué debería estudiar diseño (ah, se me olvidó actualizarlos... para ese entonces -primera mitad de cuarto medio-, arquitectura estaba descartada y había prestado su lugar a la ilustre carrera de diseño); a mi otro lado, mi mejor amigo contrargumentaba sobre porqué yo estaba hecha para estudiar periodismo. Yo ya ni siquiera tomaba partido en el asunto, porque no tenía idea de nada, salvo de una cosa: estudiara diseño o periodismo, las potencialidades monetarias estaban descartadas de mi futuro profesional.

Algo similar pasaba en mi casa, sólo que los personajes en pugna eran mis viejos y ni siquiera se puede decir que estaban en pugna. La dinámica era más bien sencilla: mi mamá aprovechaba cualquier ocasión para decirme que tenía que estudiar diseño y mi viejo se limitaba a decir que me apoyaba sin importar qué decidiera. Esto último fue una de las mejores cosas que podía escuchar en momentos como esos, ya que era una garantía que decía "No importa que la cagues: yo te apoyo". Contar con ello fue un alivio y me sirvió para lanzarme a la piscina. Finalmente, y sin saber muy bien lo que hacía, tomé mis papeles de postulación y me matriculé en periodismo; y eso, más o menos, explica el aquí y ahora de mi situación.

Y el asunto se había quedado estable. Mi mamá seguía lanzándome indirectas, mis amigos seguían molestándome de vez cuando, pero mi viejo seguía con el apoyo... hasta hace un par de semanas. De la nada y como quién le pide a otra persona que pase a comprar el pan de vuelta a casa, mi viejo me lanza por las escaleras, sin siquiera mirarme un "Tienes muchas más aptitudes para diseño; no tengo idea qué haces en periodismo". Yo me quedé helada. ¿Qué había pasado con el padre del año que prometió incondicional apoyo a su hija, no matter what? el padre del año se había ido y ya no quedaba ni un sólo miembro de mi familia que estuviera orgulloso de una humanista con su apellido.

A todo esto, se le suma el hecho de que, con el tiempo, he podido relacionarme con gente ya egresada y que ha salido al mundo real arriba del caballito de batalla del periodismo. Lamentablemente, junto con ello, me he dado cuenta de que en el resto de las carreras, no entregan caballos de carrera, sino que entregan panzers y bazookas, mientras siento que a mí me ponen un santito en el bolsillo, me pasan una balloneta y me suben arriba de una escuálida mula mal alimentada y aún así esperan que haga algo frente al resto. Salir a la vida real parece duro y no estoy segura de querer lanzar una ofensiva... o siquiera salir al campo de batalla. A veces creo que lo mejor, sería hacer un trámite como ese que hacen los hombres para sacarse el servicio militar y quedarme en la universidad o en cualquier institución educativa ad eternum. Pero dicen por ahí que hay que comer y que al mundo lo propulsionan una turbinas que sólo se alimentan de papel verde (o azul... o rosadito... bueno, se entiende que es plata, ¿no?).

El tiempo pasa. Pronto cumpliré veinte años y estoy a las puertas del punto medio de mi carrera universitaria. Entre prueba y prueba, yo sigo rogando al cielo por un milagro que alargue lo más posible estos dos años y medio que me quedan de educación superior, al mismo tiempo que me cae una lágrima por ese uniforme escolar que se llena de polvo en el fondo de mi clóset.

Tuesday, July 24, 2007

Rata de mall

Son dos las semanas de vacaciones y siento como si en ningún momento hubiese frenado o al menos disminuído la velocidad. Paseo desde la mañana en un mall infestado de hormonas adolescentes y quinceañeros: parejas vestidas de negro gótico, niñas que se juntan en camadas para salir uniformadas luego de una sesión de alisado de pelo y niños con pantalones enormes que lo único que conocen del mall, es el cine y el food garden.

Yo solía hacer este recorrido al menos una vez a la semana, a veces con un par de bolsas a cuestas, y al final del día, cuando me tenían que sacar a patadas de una que otra tienda (es en serio, no exagero), volvía a la casa sin un átimo de cansancio. Sin embargo, hace ya un par de meses que no es lo mismo. Ya no soy capaz de cumplir la proeza de recorrer malls como un deporte olímpico, y comprar ropa ya no es un incentivo como lo era antes (como en esas ocasiones que la sola satisfacción de haber encontrado algo muy bonito, muy barato y que, más encima te quede muy bien, te da energías para seguir buscando algo más... es un círculo vicioso y es aquí donde nacen los shop-o-holics). Derepente pienso que es esto de la edad y todo, pero una vez que me acuerdo de que sólo tengo diecinueve años, me doy cuenta de que es una de las excusas más inválidas que puedo esgrimir a mi favor.

Mi madre, sin embargo, no parece tener mayores problemas a la hora de mallear (sí, ahora lo convertí en un verbo. Si la RAE puede oficializar "googlear", supongo que "mallear" no puede ser tan descabellado), ya que ella continúa como si nada, haciendo esporádicas paradas para tomar un café con un pedazo de torta o almorzar cualquier cosa con un mínimo de 670 calorías en el patio de comidas. Ella, más encima, no tiene sólo los intereses de cualquier mujer, es decir, ropa, accesorios, zapatos y cosas así, sino que también presenta una debilidad por las cosas de casa. Es por este motivo (y sólo por este motivo), que me he visto obligada a memorizarme los pisos donde está el departamento "decohogar" de cada multitienda en cada diferente mall, o tener un plan de escape a la tienda de mi interés más cercana. Lo malo, es que hay veces en que esto último no funciona y me quedo atascada entre medio de todo ese aparataje que grita "limpio", "top", "vintage" o cualquier tendencia en boga que apareció en el catálogo de Falabella junto al diario el pasado domingo.

Y hay un momento crucial: cuando me separo de mi mamá para poder escapar un poco de aquello que no me interesa en lo más mínimo, y luego vuelvo. En esos dos a cinco minutos que pasan entre que llego al lugar exacto donde la ví la última vez, y que distingo su chaquetón verde manzana de entre las hordas de viejas compradoras compulsivas, hay una fracción de desesperación en mí que crece proporcionalmente al tiempo. Y sí, me doy cuenta de que sigo teniendo diecinueve años y que estoy más que grandecita como para desesperar cuando no encuentro a mi mamá en el mall, y también me doy cuenta de que está la posibilidad de llamar a mi mamá y encontrarla luego de un seco y tácito "¿dónde estás?", pero de todas maneras, la medida desesperación llega antes de poner en acción a la tecnología. Comienzo a mirar compulsivamente para todos lados como un impala en busca de depredadores, comienzo a caminar más rápido y hago del caminar entremedio de estanterías, una nueva versión extrema de una carrera con obstáculos. Todo acaba cuando encuentro a mi mamá. Aún no sé si es por el hecho de que es ella la que la mayoría de las veces tiene las compras o si es porque es ella la que tiene la facultad de pagar por las cosas que saciarán mis potenciales caprichos, pero sea por lo que sea, supongo que mi naturaleza de "hija de mamá" emana en este tipo de situación y hace caso omiso a la cantidad de años que indique mi carnet de identidad.

Y no importa la razón: cuando uno ya se conoce la locación de cada tienda e incluso de cada marca en una tienda de departamentos, es inevitable llamarse a sí mismo "rata de mall", porque eso es lo que se es. No es normal considerar un conglomerado de tiendas y entretenciones tu segundo hogar, aunque a este paso, la gente se ha vuelto tan anormal, que el concepto y diferencia entre los dos extremos de lo cotidiano y lo extraordinario, se van volviendo un tanto difusos.

Sunday, July 15, 2007

Saltando ríos

Siempre es en los días así, que tienes algo que hacer: un trámite, algún papeleo de última hora, etc. Asomo un ojo por entre mis múltiples sábanas infestados por el calor del calienta-cama que lleva más de quince horas prendido, estiro el cuello, corro la cortina preparando la retina para un choque enceguecedor de luz, y me sorprendo al ver que no hay mucha diferencia con la vista de mi pieza en su estado de penumbra. Abro más los ojos y veo cómo chorros de agua caen de las tejas de mi casa, cayendo sobre un plástico tipo piscina-de-pendejo y haciendo un ruido que despertería hasta a un mamut. El cielo se abre y el agua cae del cielo. Y yo tengo que salir. Y me da una lata horrible tan sólo pensar dónde está mi paraguas.

En situaciones como ésta, uno trata de aplazar la salida de la casa lo más posible. Uno, por primera vez en mucho tiempo: hace la cama como Dios manda (es decir, no sólo estira el cubrecamas y aplasta un poco la almohada para que se vea decente, sino que de hecho, se termina de deshacer la cama, para luego hacerla BIEN), se ordena un poco la pieza, te secas el pelo (cosa que nunca hiciste desde que tu mamá aceptó la posibilidad de una potencial sinusitis), sacas la ropa sucia, etc. Todo para evitar lo más posible, el momento de cruzar la puerta y empezar a hacer el papel del niño/a responsable. Mi caso estaba agravado por otro factor. El día anterior había adquirido las reemplazantes a mis queridas y regalonas Gallaz (un par de zapatillas que no me había sacado en un año entero: con la suela lisa, la plantilla con hoyos y una pequeña ranura en la planta del pie derecho que explicaba porqué, en días como estos, llegaba a mi casa con un pie mojado y el otro no), y las cambié por otras zapatillas compradas en la más grande de las ofertas de 50% de descuento (hermosas, by the way). Este era el día de inauguración de mis nuevas compañeras de aventuras y les había tocado estrenarse en el peor de las actividades para cualquier calzado: saltar ríos urbanos.

Tener que usar sólo el metro es una bendición, con o sin Transantiago, y eso sólo se nota en días de lluvia. Salgo a la superficie en Manuel Montt y me encuentro con charcos que hacen que me sienta como una gigante tratando de saltar de continente en continente para poder evitar caer en alguno de los océanos. Para qué mencionar la caminata por las veredas. Ahí, no se trataba de esquivar charcos, sino de capear olas que venían a mí como un tsunami que nacía bajo las ruedas de un 4x4 en plena 11 de septiembre. Se podrán imaginar que, nuevas o no, un par de zapatillas no son la mejor indumentaria para salvarse de las aguas de la lluvia santiaguina, por lo que yo figuraba como una ricitos de oro saltando en el bosque, sólo que sin la cara de felicidad y sin los rizos de oro, por supuesto.

Cuando uno cree que todo está terminando, sólo viene lo peor: cruzar una calle. Manuel Montt se había convertido en un río que se cruzaba con otro llamado 11 de Septiembre, y que no dejaba más opción de cruzarlo a los mortales no-saltadores-olímpicos como yo, que tomar una balsa y remar por su vida. Se imaginarán que no contaba con una balsa y menos con un remo, por lo que tuve que seguir a la masa y dármelas de canguro sudaca. A cada paso (o más bien salto) que daba, sentía cómo los pies estaban más húmedos que antes, y cada vez que me daba esa sensación, algo en mí se estremecía un poco. No pude dejar de acordarme de los capítulos de "Sex & the city" que había visto a principios de semana. Santiago era mi Nueva York; mis nuevas zapatillas eran mis Manolo Blanhiks; la lluvia era mi tormenta de nieve; y yo no era más que otra niña saltando por ahí y tratando de salvar sus pies de la lluvia.

Recuerdo que cuando chica, yo adoraba la lluvia. Me acuerdo que saltaba de felicidad cuando llegaba el invierno y que no había nada mejor que quedarse en casa, acostada bajo las mantas, viendo tele y oyendo de fondo el suelo siendo golpeado por los goterones de lluvia. Diez años después, me veo puteando a los cielos y pidiendo una explicación de por qué, si estoy vestida como un maldito oso, sigo teniendo frío; sufro sólo imaginándome cómo será en agosto y fantaseo con un poco de sol como una diabética fantasea con un poco de chocolate de verdad. El clima no me acompaña este año y ya me estoy aburriendo. Supongo que esta es la manera que tiene el calentamiento global tiene de cagar mi psiquis.

Saturday, July 07, 2007

Decálogo del ocio

Ya. Terminé el semestre, hice casi todo lo que tenía que hacer y siento que un peso se levantó de mi espalda. Ahora, tengo tiempo de sobra para hacer lo que a mí me dé la gana e incluso tengo tiempo de sobra para desperdiciar... a secas: sólo desperdiciar.

Pero siempre hay algo que hacer. Nunca falta el favor que tu mamá pide, el trámite que estuviste pateando todos estos meses porque te daba una lata enorme sacrificar horas de TV por hacerlo y cosas chicas como (en mi particular caso), ordenar mi clóset y toda una serie de cosas insignificantes que, cuando las vas sumando, se crea un cúmulo de cosas que te llenan la agenda por un día o dos. Pero ahora tengo tiempo de sobra y eso es lo que importa.

Y en serio no sé qué es lo que voy a hacer. Dicen que el ocio es la madre de todos los vicios y creo que, hasta cierto punto, la cosa es verdad. Estoy segura de que, cuando terminen las vacaciones, me voy a encontrar con que todo mi tiempo, ha sido gastado en ver horas interminables en HBO y en MTV. Y ¿hay problema? ¡no! Creo que tengo todo el derecho de quedarme viendo el techo si es que así lo quiero...

Al empezar a escribir, pensé que este decálogo de ocio tendría más puntos, pero supongo que la regla general de "no hacer nada" está más que entendida. No sé si se nota que estoy cansada y que el sólo hecho de pensar en algo de mínima dificultad, me provoca repulsión.

Veremos si algo que valga la pena contar sale de todo esto... yo, seriamente lo dudo.

Monday, July 02, 2007

Te llevo para que me lleves - Gustavo Cerati

Este video es delicioso por donde de lo mire. Es primera vez que lo veo y simplemente no puedo creer mucho de lo que ví: desde las patas flourescentes de Cecilia Amenabar, pasando por la champa early-90's de Cerati, hasta la tenida "al vacío" del mismo.

La canción es del "Amor Amarillo", una de mis canciones favoritas de Cerati como solista, y el video... pff! chorrea amor y cursilería igual que lo hace el disco entero.