Saturday, September 29, 2007

Intimidación por cámara

El Transantiago se ha convertido en un comodín para mí. Para una que estudia periodismo y te mandan a hacer reportajes sobre cosas contingentes y no tienes una estrella amiga (o un soplón capacitado), que te diga dónde y a qué hora estar para tener la noticia de primicia, el Transantiago es EL tema de contingencia que puedes tocar. Lo mejor, es que lo puedes ver de mil ángulos distintos y hay una cantidad inconmesurable de material dando vueltas por nuestra amiga, la internet.

Para mi trabajo de Narración Gráfica, no fue la excepción. En verdad, pueden pensar que la elección del tema dennota muy poca ambición de mi parte. Y es cierto, no digamos que soy una persona demasiado ambiciosa (aún estoy decidiendo si es que eso es bueno o malo), pero cuando el trabajo es para la semana post 18 y una hizo de todo menos estudiar y trabajar, el Transantiago se vuelve le respuesta a tus plegarias.

Y fue así que me encontré a las 7am en estación Baquedano, sin ducha y sin desayuno, tratando de sacar fotos que se vieran mínimamente decentes; ya saben, esas que dicen "hey, no tengo una cámara con chorrocientos pixeles y aún soy una estudiante de 2do año, pero igual soy capaz de sacar una foto que se vea casi bien". Mientras me subía a escaleras y trataba de buscar lo que mi profesora denominaba "ángulos interesantes", la gente me miraba fijamente y con una cara muy poco agradable. Fue ahí que me dí cuenta cuán poderosa puede ser una cámara. A esa hora de la mañana, en esa específica estación, el aparato capturador de imágenes que tenía en mis manos, para la gente que repletaba vagones, parecía más una bazooka o alguna otra arma de alto calibre.

Miradas que me puteaban por interrumpir la escasa intimidad que deja el poco espacio intercorpóreo del metro, que se cuestionaban quién cresta era esa pendeja con ojeras y cara de aburrida. Es increíble cómo la gente se incomoda con una cámara y es increíble el odio que pueden agarrarte sólo por ponerlos a ellos dentro de un enfoque (los cuales, por cierto, en su mayoría salieron horribles).

Supongo que ésa es una de las armas del cuarto poder. Un cuchillo que no te corta miembros y una pistola que no te quita ni un átimo de vida, pero que te despoja de algo que, al parecer, apreciamos tanto o más que aquellas cosas: el anonimato, la intimidad y la privacidad.

Me pondría a filosofar sobre cómo las cámaras invaden la vida de las celebridades (que, al fin y al cabo son "personas"), y sobre cómo está tan borrosa aquella línea que separa la libertad de prensa con el morbo, pero simplemente me da lata. Soy asidua espectadora de E!, así que no tengo cara para criticar cualquiera de esas cosas.

Plus: parece que no me interesa mucho.

Sunday, September 23, 2007

18 en picada

Luego de una comilona de cuatro días de duración, un disco de cuecas escuchado 37 veces, cinco tazas de café y tres pares de oídos muertos por cánticos guiterreados por viejos cincuentones, el 18 de septiembre del 2007 estaba listo para pasar a la historia. Se había pasado bien (unos más que otros), y no había razón para irse a la casa con más tristeza del que tiene que volver a la rutina el lunes.

Sin embargo, los planes de mis padres y tíos fueron sorpresivamente interrumpidos por la muerte... por dramático que suene. Ad portas de otra etapa de la maratónica comilona, una llamada hizo que mis tíos tuvieran que emprender camino a Santiago y que las lágrimas de mi primo emprendieran camino por sus mejillas, hace mucho tiempo invictas.

Por un tiempo, no paré de escuchar los lamentos de mi mamá acerca de cómo todo era tan fugaz, que lo habían pasado tan bien y que, de un segundo a otro, todo se puso serio nuevamente. Decir que eso me puso a pensar sobre la fugacidad de la vida es obvio, pero no fue tan así.

Evidentemente, eso de la fugacidad de la existencia y eso de "no somos nada", es algo que se nos viene a la mente cada vez que presenciamos (de una u otra manera), la muerte de alguien. Yo me pregunto de qué nos sirve pensar eso si luego de dos días, recuperamos el modus operandi rápido y despreocupado de siempre. Si realmente pesáramos en qué corta es la vida y de cómo tenemos que aprovecharla al máximo y todo eso, yo no creo que seríamos parte de un rutina ni haríamos todas esas cosas que no nos gusta hacer, pero que hacemos de todas maneras porque "hay que hacerlas". Al menos sé que yo no lo haría. Si es que en verdad yo pensara que la vida es corta y si es que ese pensamiento monopolizara un poco las pocas sinapsis que tengo por minuto, yo no estaría yendo a la universidad. ¿Para qué prepararme para un futuro incierto?, ¿por qué no, mejor, empezar a hacer todas las cosas que siempre quisiste hacer, ir a todos los lugares que quisiste ir y todo eso?

Bueno, yo sé que la vida es finita, pero aún así voy a la universidad y tramito y hago todas las cosas que "se supone" tengo que hacer y me privo de mil otras cosas and so on. Eso porque, a pesar de que sé que mi vida puede terminar en cualquier momento, hay una noción de inmortalidad con la que vivo día a día. Eso de que todo lo que haces es para un futuro para el cual tú aún existirás, sin excecpción; de que sales de un lugar y sabes que llegarás a tu destino sin ninguna excusa. Las únicas veces en que abrimos un poco los ojos y eso de la fugacidad se nos viene a colación denuevo, es cuando tropezamos y luego cruzamos los dedos para que todo salga como se supone que sea.

Esto no tiene nada que ver con Dios ni con la manera en que cada uno concibe la muerte o la vida ultra terrena. Tiene que ver con cómo vivimos ahora y con la convicción con que damos cada paso cada día.

La vida es fugaz, es cierto; pero así como no sabes si es que te vas a morir mañana, tampoco sabes si es que podrás ser testigo de otro cambio de siglo. Mejor prepararse. No vaya a ser que descubran la cura para el cáncer y el SIDA la misma semana.

Sunday, September 16, 2007

Potpurrí mental

Creo que es la primera vez que pasa tanto tiempo sin postear algo. Más aún, nunca había pasado tanto tiempo sin que escribiera algo que no tuviera nada más que ver que conmigo; es decir, esas cosas que escribo porque se me ocurren, porque tengo la necesidad de decir algo o qué sé yo. Hubo veces en este período de tiempo, en que me pregunté si es que era porque no tenía nada que decir, si no sabía cómo decirlo o si simplemente ya no tenía la necesidad de expresarlo abierta y públicamente.

Digamos que ninguna de esas opciones me gustó/satisfizo.

El problema del asunto es que no soy capaz de contestar esa paupérrima pregunta (me encanta la palabra "paupérrimo"), y derepente pienso que es porque ya no estoy soltera. ¿Será que el estar sola me daba una razón extra para quejarme del mundo; me daba más creatividad?, ¿esto qurrá decir que mis ganas de escribir/redactar algo mínimamente decente, son incompatibles con un novio? me niego a aceptarlo. No, no puede ser eso.

Tal vez sea porque estoy con menos tiempo, porque ya no me interesa, porque pasé a otra etapa de mi vida. Después de todo, el cambio de folio no pasa en vano. Y no. No puede ser eso. Sigo pensando que soy una niña, que el tiempo pasa y yo no sé si debería moverme con él o contra él; que no sé qué haré cuando se acabe la universidad, que soy muy tímida para hacer las cosas que se supone que debo hacer, y muy desenvuelta para tomar otro camino. Sí, lo sé: no soy una persona que tenga todo muy claro, y por lo que se puede entender por este par de líneas, muchas cosas en mi existencia tienden a contradecirse unas con otras; pero ¿no es así la vida de todos?

No. Eso tampoco es. La curiosidad y la necesidad de expresarme serán cosas que estarán conmigo siempre, ya sean asuntos que no tengan que ver conmigo o cosas que parecen ser un vómito de lo más oscuro de mi masa cerebral. Seguiré escribiendo, seguiré hablando sola cuando camine por la calle, seguiré mirando cómo Santiago se mueve por mi ventana mientras la micro avanza (si es que alguna vez me subo a una: el metro y mis pies me parecen un tanto más confiables). Continuaré llorando a escondidas cuando un estracto de mi imaginación se haga más frío y duro que la misma realidad; no pararé de imaginarme historias melosas, ni de dirigir videos musicales en mi cabeza, ni de fijarme tontamente en los pequeños detalles para poder sentir que estoy en otra ciudad.

Y no sé. Era eso. Aún no sé la razón de porqué no he escrito en tanto tiempo, pero sé que no he cambiado lo suficiente como para dejar de hacerlo por completo, o para justificar mi irregularidad.

Supongo que tendré que ver qué es mientras camino por Pedro de Valdivia, hablando sola... y, por sobre todo, escribiendo.