Friday, July 29, 2016

- Nosotros, que nos queríamos tanto.

- ¿Cómo es posible que te importe tan poco?, ¿que no te importe nada?

- Quizás quién mierda te sacó esa foto que tienes ahora en Twitter.

- Sí, tienes razón, eso no es periodismo: es la entrada en el diario de vida de un hueón inseguro y cobarde.

- Tengo un mensaje tuyo que dice "Yo no tengo un pelo de misógeno". Cómo han cambiado las cosas.

- Yo creo que ni siquiera es culpa tuya. Admiras tanto a esa gente con la que trabajas que les compras todo lo que te dicen. Por eso empezaste a hablar huevadas como ésas en El Dante, donde aseguraste que cuando una pareja tiene un hijo el hombre no debería siquiera levantarse en la noche para ver a la guagua. Para eso las mujeres tienen el post natal. La tarea de ellos es trabajar. Por eso me mandaste ese mail ("La Paula, que se considera una feminazi..."). Por eso te importó tan poco. Por eso no tuviste los cojones para decirle que esa pauta no era una pauta, sino un intento de relleno y que tú no te ibas a prestar para eso. Y sin embargo, aquí estamos.

- Explícame cómo te perdono esto.

- Yo no me merecía unas disculpas mejores, como me dijiste en ese mail que mandaste el domingo: me merecía que me consideraras, que en el momento en que pensaste que ese artículo me iba a matar, hubieses hecho algo. Era lo mínimo. Pero no lo hiciste. Tus disculpas no me sirven.

- Tú no sabes lo que es encarar a la gente frente a la cual siempre te defendí, mirarlos a los ojos y decirles que tienen razón. Que siempre tuvieron razón. Eso te caga. Te pudre.

- Explícame, por favor, cómo pasó todo esto. Yo aún no entiendo.

- Me revienta y se me revuelve la guata saber que "éste es el error del cual aprendes". Que vas a estar mal después de esto y que después encontrarás a alguien con quien no cometer los mismos errores que cometiste conmigo. Qué bien por ti. Qué bien por ella. Pero yo me merecía más que ser un ensayo fallido.

- ¿Te pasa algo cuando ves el reloj al lado de tu cocina?, ¿cuando abres el mueble al lado de la campana y ves mi caja de té verde?, ¿cuando pasas a llevar las tazas de café que te compré?, ¿cuando te pones el chaleco que te tejí?, ¿cuando sales del auto con la mochila que te regalé al hombro?, ¿piensas en mí?, ¿me echas de menos?, ¿te duele, aunque sea un poco?

- Tú nunca te la has jugado por nada. Sólo por pautas. Pero nada más. El resto son amigos que cambiaron y se alejaron, minas que no tienen nombre, sólo una característica y una comuna, gente que nunca supo quererte por ser lo que eres. Pobre de ti. Tan incomprendido. Tan especial.

- Yo te lo banqué todo. Incluso las cosas que no debería haberte bancado. ¿Qué necesitabas?, ¿Qué querías?, ¿Por qué nunca me lo dijiste?, ¿Acaso te quise demasiado?, ¿Debería haberte querido menos?, ¿Esto es porque los domingos los pasaba en mi casa?, ¿De esto se trata?, ¿De las tardes de domingo, de sentirte solo?

- ¿Qué pasó con todo ese proyecto de vida que tenías en la cabeza?, ¿Se te fue?, ¿Lo reemplazó una mina que te golpea la puerta a las 4:40am?, ¿Eso quieres?, ¿Que llegue a tu departamento a las 4 de la mañana a exigir explicaciones, a rogarte?, ¿Es eso lo que quieres?

- Explícame cómo es posible que no sientas nada. Que esto te resbale. ¿Qué hiciste conmigo todo ese tiempo entonces?, ¿fue flojera?, ¿fue comodidad?, ¿o fue cobardía?

- Juro que nunca pensé que iba a escribir esto.

Sunday, July 24, 2016

Arrugué la revista, la tiré lejos y de nuevo me invadió esa sensación de esa noche de febrero, esas ganas de rebotar por las paredes, de querer moverte, pero por más que apretas las manos y pateas las piernas, no pasa nada. La angustia no se va.

Me di vuelta y lloré. Apretando las sábanas, doblando los dedos de los pies.

"¿Qué te pasa?", preguntó mi mamá preocupada.
"Nada, no me pasa nada", balbuceé.
"Claramente algo te pasa...".
"No importa. Por favor, déjame sola", le dije.
"Pero negrita..."
"Por la cresta, mamá, déjame sola".

Ella se fue.

Subí el cerro por primera vez desde que todo pasó. Temblando me puse los guantes y empecé a pedalear, pensando que el cansancio me haría bien, que patear las piernas me haría vomitar la pena en El Hundimiento. Pero no pasó nada. Bajando por Costanera Sur jugué sola a capear las luces de la calle. Perdí todas las veces.

Cuando volví, en mi celular me esperaban millones de mensajes. Todos lo habían leído. Todos sabían.

"Hoy no puedes estar sola", me dijo la Marce al teléfono. "Dúchate y te vienes para acá. No sé qué vamos a hacer, pero algo inventaremos".

Caminé donde la Marce y llegando, me entra una llamada de la Javi.

"¿Cómo estás?", preguntó tanteando terreno.
"Como el pico".
"Lo viste entonces..."
"Sí, lo vi..."
"La Dani me llamó. Estábamos preocupadas. Lo siento mucho", me dijo al teléfono.
"Es que no entiendo...", le dije yo llorando frente a Avon.

La Marce me recibió en su casa todo el sábado y junto a la Tanya, que vive tres pisos más abajo, tomamos té todo el día. Yo lloraba y hablaba de él, de su poca humanidad, de cómo podía estar pasando esto (¿estaba pasando?, ¿en serio?). La Marce hablaba de la pena que la golpeó cuando murió su mamá y me decía riendo que ésta es una de esas historias que te cuentan en una fiesta, diciendo que es algo "que le pasó al amigo de una amiga", pero que una nunca cree. "Pero esto te pasó a ti... ¡qué heavy!", comentaba la Marce cada tanto.

La Tanya, por lado, tiene la experiencia de su matrimonio fallido. 12 años de relación la tenían viviendo sola en un departamento nuevo y con muchas cuentas de terapia que pagar. "Tú sabes que yo siempre empaticé con él porque, en el fondo, yo fui el Andrew de mi relación. Pero yo nunca le podría haber hecho esto a Jaime. Lo mínimo es protegerlo. Yo no me atrevería ni a postear algo en Facebook que lo pudiera dañar. Menos en un diario. Hipster culiado", repetía ella.

Cuando en la noche llegué a mi casa, abrí la puerta y ahí estaba mi mamá, sentada en el sillón al lado de la estufa con la revista arrugada en la mano. Levantó la cabeza y me dijo: "Ahora lo entiendo todo".

Yo abrí los ojos y me di cuenta que no tenía caso en desmentir nada. Por enésima vez en el día, me eché a llorar.

Thursday, July 14, 2016

De inversiones y brownie points

La vida puede resumirse en una serie de inversiones: para lograr algo, tienes que sacrificar otra cosa. Invertir tiempo, plata, karma, sanidad mental, etc.

¿Esa serie que te zampaste el fin de semana? Invertiste 48 horas que nadie te va a devolver nunca.

¿Esa amiga que te caía bien pero que luego resultó ser una persona de mierda? Invertiste una gran cantidad de sanidad mental y estabilidad emocional que, de nuevo, nadie te devolverá.

¿Esa hamburguesa maravillosa y sobrevalorada que te comiste en Bellavista? Invertiste un vacío de calorías que puedes recuperar fácilmente si te mueves un poco. Por eso la inversión en comida no nos importa tanto.

Y está bien. Es un tema de riesgo y retorno, que a veces funciona a favor (poca inversión, mayor retorno) y otras no (mucha inversión, poco o nulo retorno). Aquí, lo que realmente importa, es que valga la pena. Ésa es siempre la pregunta.

Ahora, hablemos de los brownie points. Los brownie points (o Scooby Galletas, si prefieren), se refieren a las estrellitas doradas que uno tiene a la derecha de su nombre en la lista de curso. Podemos entenderlos mejor como puntos de karma.

Mi teoría es que uno, al hacer cosas buenas y altruistas, gana brownie points y, cuando hace cosas malas (o al menos cuestionables), los pierde. O sea, siguiendo con la línea lógica del principio, los invierte.

¿Cuando pelas a la mina del lado? Inviertes brownie points.

¿Cuando te haces el hueón y no le pasas el asiento a alguien en el metro que, ya sea por edad o embarazo, claramente lo necesita más que tú? Inversión de brownie points (una grande, por lo demás).

Y aquí, de nuevo, entra la pregunta que importa: ¿vale la pena?

En mi caso, la respuesta es sí. De repente hay insultos que valen la pena. Y mucho.

Wednesday, July 13, 2016

You used to give me your fries. I loved you.

#NationalFrenchFryDay

Sunday, July 10, 2016

Enredó sus dedos en su pelo rubio, cerró el puño y tiró con fuerza mientras él la penetraba una vez más. Ella gimió un poco, abrió los ojos y miró el techo, mientras él, en su último movimiento, chocaba los dientes con su clavícula y la apretó por última vez.

Y se acabó todo.

Años de tensión, descoordinación amorosa y comentarios furtivos, terminaron en una pieza de motel infesta, con un cubrecamas acolchado con flores, una alfombra manchada y cortinas que alguna vez fueron blancas.

Ella se giró y cayó al lado izquierdo de la cama. Él apoyó la cabeza en la pared y estiró los brazos a los lados. Ninguno de los dos era capaz de mirar al otro. Ninguno de los dos creía lo que recién había pasado.

Cuando finalmente él la miró, no pudo evitar reír un poco, y como la risa es contagiosa, ella lo siguió.

"¿De qué te ríes?", le preguntó.
"Es que es raro. La última vez que te toqué estabas en el colegio. Y ahora mírate... o más bien míranos", dijo él.
"Igual sí. Nos costó mucho llegar aquí, ¿no?".
"Es que yo ya pensaba que no iba a pasar nunca. Que siempre iba a ser un pendiente. De esas cosas que uno recuerda a los 60 o algo así y dice 'Ah, chucha... y nunca me la tiré'".
"Pero te la tiraste", respondió ella levantándose para ir al baño.
"Y me la tiré. Valió la pena ¿o no? La espera, quiero decir".
"Igual sí", dijo ella sentada en el water mientras se limpiaba. "Es que cuando todo empezó éramos muy pendejos".
"Tú eras muy pendeja".
"A ver", ella tiró la cadena. "¿Yo era muy pendeja? Sí, era muy pendeja. Por eso pasó lo que pasó en su momento, pero tú... tú eras un pendejo caliente en primer año de universidad. Me perdonarás, pero tampoco eras un hombre maduro ni de mundo, ni nada". Ella apagó la luz del baño y se dirigió nuevamente a la cama. "No me vengas con huevadas. A mí no".
Él se rió,
"Sí, si tienes razón. El tiempo nos jugó a favor. O sea, tú estás más rica..."
"Gracias"
"Y yo..." dijo apuntando a sí mismo.
"Sí, estás harto más rico que el 2004. Harto. ¿Contento?"
"Sí, muchas gracias. Yo nunca pensé que iba a pasar tanto rato. Pero tú te pusiste a pololear al tiro y de ahí no paraste más".
"Claro. Mucho tiempo. Igual lo intentaste cuando terminé con mi primer pololo".
"Sí, pero estabas muy mal. No te quise huevear mucho. Y cuando terminaste con el segundo..."
"Cuando terminé con el segundo estabas en la B pos", le dijo ella. "Ahí nunca tuviste chance".
"No, nunca", se rió. "Y ahora esto".
"Y ahora esto".

Silencio.

"Igual tú tuviste caleta de pololas, esto no es sólo culpa mía".
"Ay, no me huevees", dijo él. "Tú sabes perfectamente que el más fácil aquí siempre he sido yo. Con polola o sin polola, me pillabas volando bajo y listo". Ella se rió. "Si es cierto. No te he mentido en doce años, no te voy a empezar a mentir ahora".
"Eso es bakán de nosotros: nos conocemos tanto que no tiene ningún sentido mentirnos".
"Exacto".
"Ya que estamos en esto, y perdóname por la pregunta de mierda, pero... ¿cómo?"
"¿Cómo qué?"
"¿Cómo es que llegamos a esto?", dijo ella sentándose en la cama. "O más bien, ¿cómo llegaste tú a esto?"
"¿A qué te refieres con 'esto'?"
"Puta, tú, con una guagua a cuestas, con una mina que no conozco, pero lo poco que cacho, no me calza nada que esté contigo. No te ofendas, no es que quiera postularme a ser tu polola, menos ahora, pero nunca te imaginé con una mina así".
"Cosas que pasan, no más..."
"¿Me estás hueveando?"
Él le rehuyó la mirada,
"Pero sí pos. Cosas que pasan. Me metí con ella, me gustó, pololeamos y ella se quedó embarazada. Pasa. Le pasa a todo el mundo. Fin de la historia".
"Pero, ¿qué hacías pololeando con ella? Es que... puta, me la imagino como una de tus conquistas. Sí, seguro. 'Oye, mira la mina que me tiré, qué loco', pero no como tu polola".
"Tú no la conoces..."
"No, no la conozco. Para nada. Pero ¿no es eso más decidor?, ¿poder llegar a asumir esto de un perfil de Facebook?, ¿de un par de tatuajes?".
"¿Hablemos de otra cosa?"

Silencio.

Ella se quedó mirándolo. Él miraba al frente, los brazos cruzados, los labios apretados. Ella entendió que había tocado un nervio, que la había cagado, y antes de que el silencio se convirtiera en rabia, se acercó a él, le puso la mano en el abdomen y le empezó a besar el cuello. Él se resistió al principio y no hizo nada. Ella le mordió el lóbulo de la oreja. Nada. Le puso la mano en la cara y se la acercó para poder besarlo. Le lamió el labio inferior. Nada. Se lo mordió hasta que le sacó un poco de sangre. Nada. Metió su lengua en su boca. Más fuerte. Nada. Su mano bajó por su cuello, pasó por su pecho, rozó su abdomen y siguió bajando. Todo empezó de nuevo.

Ella hizo mérito. Fue su forma de pedir disculpas. Él lo entendió y se aprovechó: después de un rato la dio vuelta y la penetró por detrás con fuerza. Una vez. Dos veces. Tres veces. Cuatro...

Ella estuvo a punto, pero nunca se fue. Igual fingió. Le debía eso por lo menos.

"La verdad es que nunca me imaginé que esto iba a pasar", dijo él de espaldas y recobrando el aliento.
"¿Esto qué?, ¿Nosotros?", preguntó ella quitándose el pelo de la cara y torciendo su cabeza para poder verlo.
"No... no seas autorreferente. O sea, sí, pero no me refería a eso". dijo él aún mirando el techo. "Me refiero a la guagua, a mi polola..."
"Ah...", dijo ella.
"Es que chucha... yo siempre he hecho las cosas bien. Siempre. En el colegio no hueveé porque sabía que tenía que aplicarme y lo hice. No salí con el mejor promedio del curso, pero salí muy bien. En la U lo mismo: hueveé lo que tuve que huevear, salí bien, hice un posgrado, toda la hueá... siempre me imaginé que mi vida iba a ser distinta. Y ahora esto. Puta.. ya fue. Pero puta que es penca".
"Y sí", le respondió ella. "Lo siento mucho. Perdona, pero siento que no hay mucho más que pueda decirte...".
"No, si no hay. Tengo que ordenarme. Hay una guagua en camino y tengo que ser responsable no más".
"Claro...".

Silencio.

Ella estaba de espaldas y cerró los ojos un rato. Al abrirlos, él la estaba mirando desde el lado izquierdo de la cama.

"¿Qué?", le dijo ella. "Esto es muy bizarro..."
"Sí, es muy raro", le respondió él mientras ponía su mano en su mejilla y la acercaba hacia él. Ella cedió, se acurrucó al lado con la cabeza enterrada entre su pecho y su cuello. Él la abrazó y le empezó a hacer cariño en el pelo y luego en la espalda. A ella le daban escalofríos.

Ella pensaba que, a pesar de todo, eso se sentía bien. Se sentía seguro, cómodo, rico. Todo había sido rico. Incluso mejor de lo que se había imaginado, lo que es mucho decir después de doce años de expectativas. En un universo paralelo, no habría polola, ni guagua, ni pena, y esto podría repetirse con más calma, con menos culpa. No para ser una pareja. Ella no estaba para eso. Pero sí para estar juntos, para acomodarse y tirar un rato, de vez en vez. Después de todo, era bueno tener a alguien a quien desear.

Él la abrazó un poco más fuerte, le dio un beso en la cabeza y le susurró: "Esto no puede volver a pasar".
"Yo sé".
"En serio. Nunca más".
"Yo sé".

Silencio.

Reflexiones #1

Muy tarde me vine a dar cuenta que todo, desde el sexo anal hasta el corazón roto, duele menos con un poco de alcohol en la sangre.

Saturday, July 09, 2016

La felicidad del auto blanco

Dos botellas de carmenere, varios pelambres y muchas historias después, con el Nico y la Marce estábamos en los descuentos. Ese momento de la noche en que ya no hay ni más copete ni más comida, y ya no queda mucho más que decir. Para peor, el departamento de la Marce era frío y yo, con parka, una manta de polar y otra parka ajena en la piernas, ya le había ganado al sueño una vez. No podría hacerlo dos veces. Menos a las 4 de la mañana.

«Oigan», dijo la Marce, «afuera hay un hueón que lo está pasando bien. En mi calle».

El Nico y yo saltamos. Dejé la manta y la parka en el sillón y me asomé por la ventana, mientras el Nico cedía su lugar frente al calefactor para hacer lo mismo.

Como palomas en la catedral del pueblo, nos pusimos lo más al borde posible y tratamos de ver lo que pasaba. Yo no sólo tenía la mejor vista por el ángulo en el que estaba ubicada (podía ver el parabrisas y el asiento del piloto), sino que de todos los que estábamos ahí, era la única ignorada por problema oftalmológicos, y podía ver de todo, incluidas proporciones. Todos nos reímos.

El piloto del Chevrolet Aveo blanco, estacionado en la vereda poniente de Guardia Vieja, estaba acompañado de una mina que, con un dominio increíble y una técnica impresionante, empezó a chupársela. "Mira cómo lo hace... La mina no tiene gag reflex", le comento al Nico. "La cagó. Y cacha, ni siquiera tiene que salir a tomar aire. Chuparla y saber respirar es peludo, no se engañen", me contesta.

La Marce sigue fumando y ni siquiera intenta mirar por la ventana. Pensar que es en su calle donde pasan estas cosas, me parece, la tiene con sentimientos encontrados. Además, los ojos de la Marce no son los más eficientes, por lo que si se mueve, sería solo pada asomarse a una calle nublada por la miopía (?) y una botella de Carmenere.

La mina se levanta, abre la puerta del auto, escupe un par de veces y vuelve a la faena. El tipo pone su mano en su cabeza y la presiona para que la rubia vaya más profundo, más rápido, más fuerte. La rubia. Más profundo. Más rápido. Más fuerte. La rubia. Más profundo, más rápido, más...

...y acabó todo.

La rubia abre la puerta para escupir una vez más mientras el tipo se limpia y luego tira el pañuelo desechable a la calle. "Loco, una cosa es que te la chupen en una calle totalmente iluminada, pero tirar los papeles con que te limpias a la calle o escupir semen en la cuneta, es otro nivel de care'rajismo", le comento a mi amigos, quienes se largan a reír.

Y es ahí que la mina sale del auto: baja, redonda, vestida con capas y capas de polyester negro para combatir el frío. Llevaba una bufanda a rayas negras y grises, y una cartera negra de plástico que se movía de un lado a otro mientras la mina sa acomodaba los pantalones. "Hueón, esta es la chupada más triste que he visto en mi vida. Puta la hueona mala", dijo el Nico. La mina se fue hacia Providencia y fuera de nuestro campo visual.

El Chevrolet Aveo seguía ahí cuando, pasadas las 5am, bajamos para irnos. El tipo seguía adentro, y contrario a nuestras elucubraciones, el tipo no era un viejo guatón y pelado con cara de pervertido, sino un tipo joven, con expresión simplona o más bien solitaria.

Lo vi y por un segundo él me miró. Me dio vergüenza y caminé rápido a tomar un taxi.



Friday, July 08, 2016

Estoy aquí pero no quiero estar aquí. A ver, sí, quiero estar aquí. Es mi forma de apoyar a mi amigo (¿somos amigos?), pero venir significa agruparme con gente con la que no sé si quiero agruparme. 

Está la Carreño. La que engañó a ADO, la que lo dejó en el suelo, a la que pelamos y odiamos juntos como si fuera deporte olímpico. Y aquí estoy, y aquí está ella, como a punto de acercarse a mí y decirme "Sobreviviste. Bienvenida al club". Y yo no quiero estar en ese club. No quiero asociarme con ella y tener su buena onda. Quiero mirarla raro, quiero odiarla en silencio y juzgar las cosas estúpidas que tiene que decir. Pero eso lo hace un grupo de gente al que ya no pertezco. Entonces ¿qué? 

Hoy el día es de Diego, pero lamentablemente no puedo parar de pensar en eso. Y en ese libro que compré, el último de ADO, con las ilustraciones lindas en la portada. El que saqué de la vitrina de la librería del GAM y que, mientras la chica española de la caja pasaba mi tarjeta, lo di vuelta solo para encontrarme con tu nombre ahí. "Crédito de la foto del autor", decía.

"Y una mierda", pensé yo. "Este puto mundo es muy chico".

Thursday, July 07, 2016

Verdades ajenas




"El Papa es un símbolo de la necesidad de adaptarse a las reglas o a situaciones prefijadas. Su apariencia en una lectura puede mostrar que estás luchando con una fuerza que no es libre de espíritu o individual"

Palabras clave: Dogmático, sermoneador, autocrático, ortodoxia, situado en un pedestal, posición social, política, teórico, conformista, ingrato, inflexible, patriarcal, hipocresía,



"El Ermitaño nos muestra que los momentos de soledad no han de constituir, forzosamente, una experiencia amarga: la soledad nos brinda la oportunidad de analizarnos en profundidad a nosotros mismos y examinar nuestra vida. Sentimos que hay una realidad más profunda y comenzamos a buscarla. Esta es una búsqueda solitaria ya que las respuestas no se hallan en el mundo externo, sino en nosotros mismos".

Palabras claves de El Ermitaño: Frialdad, saca conclusiones precipitadas, estrechez de miras, se siente como un quisquilloso, extraño, retiro/alienación, soledad, aprensivo, perfeccionista, alienación, aislamiento, incapaz de relacionarse con la gente, resentido, busca los defectos, rechaza la ayuda.




"Nos insta a no confiar en los demás y a seguir nuestros instintos e impulsos. No hemos de permitir, bajo ninguna circunstancia, que los demás nos dominen o manipulen. Debemos guardarnos de ceder con excesiva rapidez o facilidad en situaciones conflictivas con otras personas".

Palabras clave: Riguroso, no hay segunda oportunidad, demasiado severo, militarista, demasiado combativo, no puede seguir escuchando, castigos excesivos, demasiado vanidoso, cobardía, mercenario, intolerante, desconfiado, miedo de perder el control, demasiado impaciente, demasiado agresivo/violento, extremista, descortés, fiero, demasiado dominante, egoísta, mal genio, rivalidad, crueldad, se impone, afirmaciones, potencialidad, resultado final, realización profesional, información/investigación, escritor, independiente, capaz/competente, intención, proyección, lenguaje desapasionado, lógica, sistema de creencias, instrucción, concentración, acuerdo, reflexivo.

Wednesday, July 06, 2016

The Threshold

“I’m always diagnosing myself,” Carmela told her. “I missed my calling. I wanted to be a nurse, but my mother said no.”

 “And those were the days when you did what your mother told you.”

 “Oh, yes. But I drew the line at the man she wanted for me.”

 “Good idea!”

 “Well, maybe he would’ve been better than the one I picked. Mine was crazy.”

 Heather laughed. “But he built you this beautiful house.”

 “Yeah, and he was a plumber, he did all the pipes.”

"The Threshold", The New Yorker

Tuesday, July 05, 2016

- ¿Adónde quieres ir a comer?
- Tú conoces el barrio mejor que yo. Dime tú.
- Hay un lugar cerca de Bellas Artes, pero hay que caminar.
- Sí, démosle.
- No sé muy bien dónde queda eso sí...
- No importa. Por ahí cacho. Mi pololo vivía... mi ex pololo vivía por ahí.
- ¿Tu ex?, ¿Cuál ex?
- Mi pololo, con el que estaba... ya no estamos.
- ¿Estás soltera?
- Sí.

Él se agarró el puente de la nariz y se rió mirando el suelo.

- No me digas esa hueá...

Monday, July 04, 2016

Días de semana en Amanda

Hay una foto de ese día. Apareces tú, el Joso, la crespa y yo. Fue un día de diciembre.

Pero la historia no empieza ahí.

Yo llegué un lunes y me acuerdo de haberle contado todo a la Dani. Ella me dijo que lo sentía, pero que sabía por qué había pasado. «Es obvio», me dijo. «Pero», continuó muy seria, «no le digas a él. Ni se te ocurra. Espérate un poco. Un par de semanas, para que todo esto decante».
«No, obvio», le dije mintiéndole, «no pienso decirle. Me voy a aguantar un rato. Por lo menos hasta después del año nuevo».

La verdad es que técnicamente no fue una mentira. Yo de verdad quería hacerlo así, pero también tenía la certeza de que eso no iba a pasar. Que era imposible aguantar tanto.

El miércoles había algo en Amanda. El cierre del año para agradecer a los periodistas por el trabajo o algo así. Le dije a Dani que fuéramos, pero a última hora se corrió. Me acuerdo de decirles a todos y finalmente casi nadie llegó. Sólo el Joso, la crespa y tú, que me pediste que te pasara a buscar a tu casa, pero el taco te obligó a subirte en Monjitas con José Miguel de la Barra. Me acuerdo de estar en ese taco, de pensar si resistiría decirte esa noche. Finalmente lo hice y tú no supiste hasta el día siguiente (creo), pero la historia no es tan simple.

Me acuerdo de que al Joso le gustaba la crespa. Que la miraba con ojos grandes y risa fácil, pero sin creerse el cuento ni con un par de piscolas encima. Me acuerdo de que le dijimos que no tuviera miedo. Que ella sería afortunada de tener al lado a un tipo como él. Que se lanzara. Creo que nunca lo hizo.

La cosa estaba muerta y era un día de semana. Pronto fue obvio que lo único que había que hacer era irse. Por eso de las once, yo, mi vestido morado y mis bototos azules, nos paramos y anunciamos la retirada. Tú, tu camisa a rayas y tu chaqueta de ecocuero, nos pidieron llevarlos. Nosotros aceptamos.

«Bájate y así te hago el tour por Mosqueto».
«Ok», te dije yo, más curiosa, debo admitir, por ver dónde y cómo vivías que en lo que podría pasar un miércoles en la noche en tu departamento. Ingenua.

Me bajé. Subimos. Me acuerdo de haberme sorprendido de que todo era blanco: el sillón, las cortinas, las paredes. A excepción de tus posters de Clint Eastwood, por supuesto. En la pieza de al lado, revisé tus libros y me asomé a la ventana. Esa noche corría viento y la gente pasaba por Mosqueto. Ahí fue que lo escuché por primera vez. Te sentí resoplar a mis espaldas y mientras aún veía a la gente pasar, sentí tu mano en mi estómago, por sobre mi vestido morado. Hundí la guata mientras me quitabas el pelo del lado derecho del cuello y ahí empezó todo.

Me acuerdo de haber pestañado y estar tendida a los pies de tu cama. Recuerdo tener el vestido morado en los hombros. Recuerdo que me hablaste en inglés. Recuerdo abrir los ojos y no poder creer lo que estaba pasando.

Después de un rato, me empecé a levantar para irme, pero tú me pusiste el brazo encima y me pediste que me quedara. Yo me acurruqué para quedarme un rato más. En las películas tu petición significaba que esto no era un hueveo. ¿Estas cosas funcionan como en las películas? No sé. Era la primera vez que me pasaba algo remotamente parecido.

Eventualmente me fui, y me miré al espejo en el ascensor, el maquillaje nuevo corrido. Cómo chucha pasó esto.

Al día siguiente yo no dije nada aparte del «Buenos días» de rigor. Con la Dani conversamos de cualquier cosa, hasta que finalmente me preguntó cómo había estado lo de Amanda.

«Bien», le dije. «Fueron el Joso y una mina que le gusta».
«¿Y pasó algo?»
«Hasta que nosotros nos fuimos, no. Así que no creo»
«¿'Nosotros nos fuimos'?»
«Si, Andrew y yo. Me pidió que lo tirara a la casa así que lo fui a dejar».

La Dani me quedó mirando mientras yo intentaba mirar la pantalla del computador.

«¿Te lo agarraste?», me preguntó la Dani media incrédula.
«Sí», le dije yo tratando de hacer sonar mi respuesta lo más normal posible. La Dani gritó.
«Puta la hueá... pero no le dijiste, ¿verdad?»
«No».

Seguí tratando de ver la pantalla del computador. Luego algo hice que gatilló la siguiente pregunta, pero aún ignoro qué.

«No te acostaste con él, ¿verdad?»

No le pude mentir de nuevo a la Dani.

Mis 4 de julio

Hay lugares que están cargados. Y canciones, y libros, y películas. Cosas que siempre vas a ver o recordar y que siempre van a venir con un archivo adjunto: esa noche en que paseaste por ahí media ebria, la vez en que el que estaba al lado tuyo te exigió que le dieras la mano a pesar de que no había nada formal entre ustedes, esa vez que te cantaron una canción por teléfono para el día de tu cumpleaños o que, peor, te la dedicaron en vivo en una tocata de colegio.

Para mí, el 4 de julio es un día del calendario que, por razones que no entiendo, está cargado. En distintos años y en distintos momentos de mi vida, siempre ha pasado algo un 4 de julio, Hoy, recuerdo dos hitos, ambos, curiosamente, marcados por el fútbol.

4 de julio de 2006
Semifinales del mundial de Alemania. Jugaban los dueños de casa contra Italia en lo que se especulaba era un partido difícil (hubo alargue y penales; todo un drama futbolístico). Yo estaba en primer año de periodismo, primer semestre y primera (y última) vez en que estaba realmente al borde de echarme un ramo: Medios II, una clase de mierda a cargo del alumbrado de Sergio Godoy, que tiene hasta un doctorado para comer con palitos. Ése día entregábamos el último trabajo y yo estaba nerviosa, saliendo de las editoras del subterráneo para tomar aire cada tanto. También para ponerme al día con el partido, que los de Derecho estaban viendo en el patio al lado de la fotocopiadora en una tele infesta.

Ese día podría haber sido una jornada universitaria cualquiera si no fuera porque esa mañana murió mi gato. El Oddie era el gato siamés más lindo que he visto nunca. No era beige con negro, sino beige con gris, con unos enormes ojos azules, la cola corta (señal de pedigree, según me informan), una panza que bailaba de un lado a otro cuando trotaba y una estampa más de puma que de felino doméstico. El Oddie llegó a mi vida en 1998 y fue mi primera mascota. Antes tuve pájaros, pero nunca un ser que se moviera de una habitación a otra, que me necesitara, que me obligara a interactural con él. Yo fui su ama y él fue mi gato, y las huellas de sus patas aún están marcadas en la pared bajo la ventana de mi pieza.

Esa mañana de 2006, el Oddie estaba echado en una esquina de mi pieza, cosa rara, ya que siempre dormía conmigo. Hacía días que no era él. Buscaba los rincones y se quedaba ahí, quieto durante casi todo el día; no comía y casi no tomaba agua. Lo llevamos al veterinario, quien nos dijo que estaba bien, que debía haber comido algo raro, que ya se le pasaría. Eso fue el 3 de julio. Pero el 4, a eso de las 6 de la mañana, el Oddie juntó todas sus fuerzas para maullar y despertarme. Lo encontré tirado, los ojos apenas abiertos. Corrí al segundo piso a decirles a mis viejos que teníamos que llevarlo de urgencia al veterinario, pero al volver, supe que no tenía caso: el Oddie se estaba muriendo y sus maullidos fueron su forma de avisarme, de no irse solo, de despedirse. Llorando lo acurruqué y le hice cariño. El Oddie ya no estaba.

Si hubiese sido un día cualquiera, me hubiese quedado en la casa, hecha un nudo y llorando todas las lágrimas que mi cuerpo pudiera producir. Pero ese día tenía un ramo que salvar. Así que me levanté, me limpié la cara y me fui, dejando el cuerpo frío del Oddie en el suelo de mi pieza.

Del resto del día tengo imágenes estáticas: la tele en el patio de Derecho, el carro con el peluche de Goleo, el león mascota del Mundial, las salidas a fumar de la Angie, y ese pendrive beige que encontré conectado a una de las CPUs de las editoras. Busqué a su dueño por todos lados y no lo encontré. Dejé el aparato ahí mismo, pensando en que si al salir estaba aún en su lugar, me lo llevaría. Y a eso de las 7pm, luego de todo un día en la universidad, el pendrive seguía ahí, con sus canciones de Supernova.

Encontrar ese pendrive (que luego se convirtió en mi pendrive dado que nadie nunca lo reclamó), fue el primer paso a una historia más larga y más importante que empezaría oficialmente en el verano de 2007, cuando por esas casualidades de la vida, encontré a su dueño con un dedo roto y un polerón rojo en una discoteque de Algarrobo. Esa historia fue mi primera historia y duró dos años.

4 de julio de 2015
Éste es reciente, pero lo recuerdo porque fue un buen

Me acuerdo de no haber almorzado. Me acuerdo que salí a la ExpoLana en el Alto las Condes sola, a regañadientes, porque nunca voy, pero tampoco quería ir sola. Y estuve ahí dando vueltas en un laberinto con olor a humo del sur hasta que llegó la hora de partir. Ese día jugaba Chile en lo que sería la épica más grande de los últimos años: la Copa América. No necesito hablarles del partido, del alargue, de los penales, de las banderas de Farkas, de las pelotas que perdió Messi, del llanto del Gary. Ustedes ya se saben esa historia.

Unos días antes, tú te desgarraste. Jugabas una pichanga un domingo en la tarde y terminaste en la clínica luego de escasos minutos dentro de la cancha. La lesión más indigna del mundo, me decías. Si bien ya podías pisar, me acuerdo de que no podías manejar, por lo que de la ExpoLana bajé a buscarte a Mosqueto.

El partido iba a comenzar en breve y el taco me tenía nerviosa. "Aprovechemos de ir a ver el departamento", me dijiste, "pasamos por afuera para que conozcas Talca". Y fuimos. Tomamos Santa Isabel, doblamos en Pedro de Valdivia, luego a la izquierda y una cuadra más adentro a la derecha en Villaseca. Y estábamos en Talca. "Ése que está ahí, en el cuarto piso, con el cartel de Engel & Volkers en la terraza. Ése es". Yo lo miré y te dije "Es bonito. Vas a tener linda vista. Me tienes que traer a conocerlo como corresponde algún día". "Sí", me dijiste, "cuando me pasen las llaves. Ahora vamos, que si no, nos perdemos el himno". Esa fue la primera vez que vi ese departamento que supuestamente estaba pensado para mí, para nosotros, pero al que nunca pude llamar casa.

Ese día vimos el partido en mi pieza. Tú acostado con el Lucas y yo tejiendo al lado de la estufa. Gritamos, nos agarramos la cabeza y luego nos miramos sin creerlo. Chile le ganaba a Argentina en penales y se coronaba como Campeón de América. "Estas cosas no pasan", pensé, mientras tú estabas callado mirando la pantalla, atónito, sin poder creerlo, tratando de escuchar los versos de Claudio Palma por sobre los intentos de comentarios futbolísticos de mi papá, que no se callaba nunca.

La noche terminó en el Liguria de Manuel Montt con tus amigos. Me acuerdo de los bocinazos, de los gritos en la calle, de la felicidad que se respiraba en el ambiente. Porque estas cosas no pasan. Al menos no a nosotros. Y sin embargo, pasaron. Pasaron tanto, que ahora celebramos una nueva copa, con una nueva definición a penales contra Argentina que, contra toda tradición, ganamos nuevamente. Estas cosas no nos pasa a nosotros, pero pasaron tanto, que esta vez, no vimos el partido juntos.

Ése fue un buen día.

Sunday, July 03, 2016

Estoy leyendo cosas que no debería leer. O más bien cosas que debería haber leído años atrás, cuando tú me decías que pasabas por acá y era terriblemente ingenua si pensaba que no habías leído todo lo que encontraste. Yo nunca te creí. Y es que he escrito tantas huevadas que no me imagino cómo alguien como tú, con tan poca paciencia para las huevadas, es capaz de leer cosas que escribí a los 17. Pero contigo no se sabe, y si bien eres impaciente también eres obsesivo. Siempre me quedó la duda, pero nunca te creí.

Estoy volviendo al 2008, al 2007; cuando yo estaba en segundo año, con chasquilla y saliendo con alguien que dos años después quedaría en el olvido. Tú estabas en otra y no me conocerías hasta un buen rato más aunque, creo, ya teníamos gente en común. Y te estoy conociendo de nuevo, o conociendo a secas. Antes eras más apasionado, más amargo (de ahí el nombre...), mucho más arrogante, pero siempre tú. La verdad es que los años te han dado algo de paciencia y más que algún filtro verbal (se llama adultez, right?), pero la base está ahí, confundiéndome y haciéndome tambalearme entre que te reconozco y que no.

Y me entra la duda. De si alguna vez escribiste sobre mí; si alguna vez fui merecedora de un par de posts como Emily, la gringa que se fue y te dejó mirando por la ventana. Puede que sí, pero los años te habrán prevenido de poner esas cosas en lugares públicos y puede que nunca los vea. Qué lástima. Pero también puede que no, que simplemente nunca hayas escrito sobre mí. La verdad es que a estas alturas no me extrañaría.

En mi cabeza estás empezando a convertirte en un monstruo y no me gusta. Porque conmigo nunca lo fuiste (bueno, casi nunca). Y se te extraña.

Y me encantaría que me extrañaras también. Pero se me olvidó preguntártelo, a pesar de que creo que no me habrías contestado como a mí me gustaría. O simplemente no me habrías contestado. Punto.

Y siento que te alejas. Que pedaleas adelante mío y mis piernas no dan más y mi pecho me obliga a jadear. Pero tal como esa vez en El Arrayán, me niego a parar, a pesar de que cada vez haya más curvas entre nosotros.

Me acuerdo que alguna vez me dijiste que las subidas al cerro en bicicleta te parecían una buena metáfora para las relaciones: que uno puede ir de a dos y hay veces en que uno de cansa más que el otro y se queda atrás mientras el otro avanza y viceversa, pero que al final siempre se llega al final y que el que se queda atrás siempre sabe que cuando llegue a la cumbre, el otro estará ahí esperándolo para ofrecerle agua.

Pero me entró la duda de si en una relación hay cumbre, porque no la hay. Es un camino largo que no se acaba, y si las piernas no dan, simplemente te quedas atrás, viendo cómo las curvas si interponen entre tú y la otra persona. ¿Y todas esas veces que yo llegué antes que tú a la cumbre?, ¿y todas las veces que me pasaste como si nada en esa bicicleta que te costó más del doble que la mía, con 6 cambios más?, ¿o las veces en que tenía que darme vuelta porque ya no te escuchaba respirar detrás de mí?, ¿qué significa todo eso?

Hoy el día está muy frío para subir el cerro. Lo intentaré la próxima semana.

Saturday, July 02, 2016

Ya está

Salí de ese lugar y me destrocé. Toda la calma que pretendí tener durante la hora que conversamos, se me quedó en la silla del Filippo.

Años atrás, en Matucana 100, tocaban los Astro y tú llegaste tarde, por lo que no te vi hasta la salida. Esa noche yo estaba triste, por razones que te conté esa misma tarde por la Blackberry mientras caminaba al lado de mi bicicleta azul por Manuel Montt, recibiendo todos los coletazos del pedal en mi pantorrilla izquierda, que después quedó morada de tanto golpe. Estaba tan triste que el dolor se sentía bien. Esa noche, con el pelo escondido en un sombrero barato, me despedí de todos arrastrando palabras, rogando que no se me vieran los ojos hinchados y tú fuiste el último. "Hoy te despediste diferente", te escribí horas más tarde ya acostada en mi cama. "Sí", me dijiste, "qué bueno que lo notaste".

Esa tarde en el Filippo también te despediste diferente. Y es que te despediste como te he visto despedirte de cualquier otra persona: me pusiste la mano en el hombro, te acercaste, pusiste tu mejilla contra la mí, tiraste un beso al aire y miraste a otro lado, años luz del beso que me pusiste en la cara en la puerta Matucana 100 sin que nadie, más que tú y yo, se enterara.

Después de eso arrastré los pies hasta Lyon, pensando en que podías venir sólo metros detrás de mí, pero con pánico a darme vuelta por miedo a que no estuvieras ahí, o peor, que estuvieras ahí, pero guardando tu distancia. Es divertido cómo reacciona la gente cuando vas por la calle sollozando. Te miran como si algo terrible te hubiera pasado, elucubrando muertes, tragedias, enfermedades o qué sé yo. Me habría dado vergüenza decirles lo que realmente había pasado; decirles que, gran parte de esas lágrimas, no tenían tanto que ver contigo, sino que con sentirme un poco engañada, un poco ingenua, un poco pasada a llevar.

"Ese hueón no tiene cojones", me dijo la Isi cuando me contestó el teléfono pasando Hernando de Aguirre. "Qué rabia, por la mierda", continuó mientras yo agarraba aire.
"Igual lo entiendo..."
"No", me dijo. "Eso es porque estás enamorada todavía y no ves las cosas con claridad. Pero ese hueón es un cara de raja, con cero cojones, un cobarde de mierda". Me quedé callada. Me dio miedo creerle.

Pero eso es lo mismo que dijo la Dani. Es lo mismo que dijo el Nico. Es lo mismo que dijo Coto. Es lo mismo que pensó la Javi, que más tarde ese mismo día me rescató en Lyon con Pocuro y me compró un chocolate caliente. Ella, a pesar de estar de acuerdo con las opiniones ajenas, sabía que eso no era lo que necesitaba escuchar y que lo único que necesitaba era un chocolate caliente.

"Es que esto, en un universo en que él me quiere, no me calza", le dije a la Isidora dos días después en el living de su casa. "Y le pregunté si me quería. Dos veces".
"¿Y qué te dijo?"
"Rehuyó la pregunta. La primera vez ya ni me acuerdo cómo. La segunda diciéndome que sentía que lo estaba antagonizando, que sentía que lo estaba poniendo en un 'estás conmigo o estás contra mí'. Que no era eso. Que estaba cansando. Que no sabía lo que quería".
"Maricón..."
"Sí. Debí insistirle. Pero al final, la respuesta igual fue súper clara: cuando alguien te pregunta si lo quieres, cualquier respuesta que no sea 'Sí, te quiero', es un no. Debería haber insistido. Siento que me metieron el dedo en la boca", le dije mirando con vergüenza mi taza de té.

"Un poco, pero no todo", me dijo un par de días después la Jose frente al mismo comentario. "El tipo no tuvo los cojones de decírtelo a la cara no más, pero te lo dio a entender".
"Igual mal", le dije yo mirando al cruce de Monjitas con Mosqueto.
La Jose dirigió sus ojos celestes a la tienda Ferouch que estaba cruzando la calle y le pegó una calada a su cigarro.
"Sí", dijo exhalando, "igual mal ahí".

"Pero es que igual eso no es fácil", me dijo la Fran anoche cuando le contaba esta historia, y con un tono de que yo no sabía muy bien de qué estaba hablando. "Yo lo tuve que hacer una vez", continuó, "y es terrible. Es pal pico mirar a alguien a la cara y decirle que no lo quieres".
"¿Tú crees que no lo sé?", le contesté un poco ofendida. "Yo lo he hecho. Y me tiritó la pera y todo, pero lo hice. Porque es lo que tenía que hacer. Porque es lo que correspondía".
"Es que es eso", dijo la Dani exhalando humo en la ventana al otro lado del living. "Es por una hueá de respeto. Es lo mínimo. Pero ya está".
"Sí", dije yo, "ya está".

"Es que yo lo veo todo tan solucionable", me decía la Javi esa tarde con el chocolate caliente en la mano. "Juan y yo... eso sí que no tenía arreglo. Pero ustedes... el problema es tratable". Días después sabría que la Javi tenía sus reservas contigo. Que le cargó que en su último cumpleaños no hablaras con nadie. Que te odió por irte solo al patio a jugar con el perro. Ella, hasta el día de hoy, nunca me lo ha mencionado.
"Sí, supongo que es tratable. Pero sólo en un universo en que él me quiere, en que hay algo que te importa lo suficiente y que, por ende, vale la pena salvar".
"Claro..."
"Claramente, ése no es el caso".
"Claro. Lo siento".
"Sí", le dije a la Javi pensando en tu mano en mi hombro, en tu soso beso al aire contra mi mejilla, en las guaguas llorando en el Filippo, en esa galleta con glaseado y nuez que te demoraste tanto en comer. "Pero ya está".

Cosas que echo de menos #1

No saber que mis amigos en verdad no te querían mucho.

No saber que tus aislamientos durante sus cumpleaños, matrimonios y demases, nunca pasaron desapercibidos.

No sentirme como una tonta al defenderte.
No sabe muy bien por qué, pero siempre había tenído la idea de que había sido diferente. De que esa página decía algo diferente.

El 10 de enero del 2012, cuatro años, un mes y trece días antes de que todo pasara,  él le mandó su libro para inaugurar ese gadget tecnológico que ella no había pedido, pero que había recibido de todas maneras (¿a modo de redención?) de parte de su hermano. "Dime si se ve bien", decía el mensaje. Y es que todos hablaban de su libro. De que era un autor en ascenso. Seguro no sería el último. Ella no vio nunca el proceso de uno de esos inminentes libros.

No sabe si fue por una idea inventada, por un comentario, por lo que sea, pero durante todo ese tiempo ella estaba convencida de que el libro estaba dedicado a otra, a la que vino antes que ella.

"A Matilde", creía que decía, "que no se fue".

Ella siempre estuvo celosa de eso. Siempre pensó que, considerando las circunstancias, ella no se merecía esas líneas. Quizás todo se redimiría algún día. Tal vez ella tendría sus propias líneas. Siempre pensó que llegado el momento, lo sacaría a colación. Pero el segundo libro nunca llegó.

Ella estaba sentada tomando vino en un barril. "'Todo se jodió'", dijo el extraño, "eso siempre dice él". Ella rió. El extraño tenía razón. Nunca lo había notado. Y es que todo se jodió. Por una razón que no recuerda, salió a colación el libro. "El que le dedicó a ella", dijo con amargura en la boca. "El libro que le dedicó a la otra; a la que vino antes que yo. Y aquí estoy: sin libro. Sin líneas. Siendo la otra". El extraño rió.

Ella volvió a su casa de madrugada y media borracha. El libro lo tenía aún con plástico en su repisa; sin abrir, pues ya lo había leído, y tapado porque ver su nombre en la repisa era por lo bajo masoquista. Recuerda haberlo robado. Haberle dicho que no era posible que su novia no tuviera una copia. Que se lo iba a llevar a pesar de que le quedaran pocas. Esa madrugada, solo por incidia o quizá por masoquismo, quitó los libros que tapaban su nombre, sacó el libro de portada negra y letras rojas y blancas, rompió el plástico y lo abrió por primera vez.

En la primera página, no encontró el nombre de Matilde.

"A David", decía "que no es un minero, pero va a salir de ésta".

La borrachera se pasó. O más bien se exacerbó.

La inundaron unas irrefrenables ganas de llorar.

Y se jodió todo.

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¿Cómo lo había inventado? Era imposible. Si ésa era la forma en que se había enterado de su nombre. Él no hablaba de ella. La llamaba "mi ex". Y nunca especificaba. El nombre vino después, con el libro. Dejó de llamarse B, la del mentón de Vitacura, como la había bautizado en ese posteo que le compartió en un correo mandado unos días antes que el libro.

"A Matilde, que no se fue".

Fue ahí que dio vuelta el libro, y se encontró con ella. Matilde, efectivamente, no se había ido. Matilde seguía ahí, con su mentón de Vitacura, rodeada de sus amigos y la familia que alguna vez ella imaginó suyos.

Y ella no estaba ahí. Ella nunca estaría ahí.

Quizá ahora ella también era una inicial con una característica y una comuna. Tal vez ella también, en el corto plazo, sería reducida a un pseudónimo. Porque, eventualmente, ella también se convirtió en "la ex".

Y se jodió todo.